El debate sobre la disrupción de la inteligencia artificial en el sector tecnológico acaba de subir de tono. Nick Evans, gestor del fondo Global Technology de Polar Capital —con aproximadamente 12.000 millones de dólares bajo gestión y un rendimiento que ha superado al 99% de sus competidores en uno y cinco años— lanza una advertencia clara: la mayoría del software tradicional podría no sobrevivir al impacto de la IA.
Su mensaje no es matizado. Evans sostiene que el software de aplicación clásico afronta una amenaza estructural. No se trata de una corrección cíclica ni de un simple ajuste de múltiplos: en su opinión, estamos ante un cambio de paradigma que podría reducir drásticamente el número de empresas viables en el sector.
El gestor ha ido más allá de las palabras. Ha reducido o eliminado exposición en nombres representativos del software empresarial tradicional y ha reorientado capital hacia áreas que considera mejor posicionadas ante la nueva arquitectura tecnológica.
¿Dónde ve mayor resiliencia?
El razonamiento es sencillo: si la IA automatiza, sustituye o simplifica capas de software intermedio, el valor puede desplazarse hacia los cimientos del sistema —capacidad de cómputo, redes, energía y datos— y no necesariamente hacia las aplicaciones tradicionales que hasta ahora capturaban márgenes elevados.
Lo relevante es que Evans no ofrece una lista cerrada de “supervivientes garantizados”. Su tesis es estratégica, no un ranking concreto de ganadores. La advertencia es que el número de empresas capaces de mantener poder de fijación de precios y crecimiento estructural podría reducirse significativamente.
En este contexto, distingue entre:
El sector del software ha sufrido su mayor ajuste en décadas fuera de recesión, con caídas superiores al 30% en algunos segmentos y una fuerte compresión de múltiplos. Parte de esa corrección refleja precisamente este temor: que la IA no sea solo una mejora incremental, sino un factor de sustitución estructural.
Sin embargo, la visión no es unánime. Otros analistas argumentan que muchas compañías integrarán la IA como herramienta complementaria, fortaleciendo su oferta en lugar de quedar desplazadas. La cuestión clave es qué modelos de negocio dependen de tareas repetitivas fácilmente automatizables y cuáles están profundamente integrados en procesos críticos con altos costes de cambio.
La tesis de Evans no gira en torno a una recuperación táctica, sino a una reorganización del mapa tecnológico. Si tiene razón, el mercado no solo estaría ajustando valoraciones, sino anticipando una selección natural dentro del software.
El mensaje para los inversores es claro: la IA no afectará a todas las empresas por igual. La clave ya no es simplemente crecer, sino demostrar que el modelo de negocio sigue siendo imprescindible en un entorno donde la inteligencia artificial redefine el valor añadido.
La gran pregunta no es si la IA cambiará el sector —eso parece indiscutible—, sino cuántas compañías actuales seguirán siendo relevantes cuando ese proceso termine de desplegarse.