Los mercados están afrontando esta nueva escalada geopolítica con el mismo esquema mental que utilizaron en 2022. El fuerte rebote del crudo ha sido leído de forma hawkish, poniendo el foco en el riesgo para la inflación más que en el daño potencial para el crecimiento, pese a que el shock actual tiene un claro componente estanflacionario.
La clave es que esa reacción puede estar condicionada por un exceso de anclaje al episodio de hace cuatro años. Entonces, la economía estadounidense mostraba un mercado laboral extraordinariamente tensionado, con cerca de dos vacantes por cada desempleado, lo que facilitó que las perturbaciones de oferta acabaran trasladándose a salarios y, después, a la inflación de servicios. A ello se sumaron el impulso fiscal heredado de la pandemia y la reapertura, que disparó la demanda en amplios segmentos del consumo.
Hoy el punto de partida es diferente. El mercado laboral ya no muestra la misma fortaleza y empiezan a apreciarse signos de capacidad ociosa. La ratio de vacantes por desempleado ha caído por debajo de 1,0, el crecimiento de los salarios se mantiene contenido y la tasa de paro sigue una tendencia suavemente ascendente.
Desde esta óptica, el encarecimiento de la energía podría elevar temporalmente la inflación general, pero tendría un impacto más limitado sobre la inflación subyacente. Es decir, los efectos de segunda ronda deberían ser más moderados. Si esa lectura es correcta, el ajuste reciente de mercado en tipos de interés podría ser excesivo y estar sobreestimando la necesidad de una respuesta agresiva por parte de la Reserva Federal.