Irán ha jugado su mejor carta en Ormuz, pero podría haber perdido su poder para la próxima crisis
Actualizado : 19:11
- El cierre de Ormuz puede acelerar inversiones para reducir de forma estructural su peso estratégico.
- Arabia Saudí y Emiratos ya cuentan con oleoductos alternativos, pero hoy su capacidad sigue siendo insuficiente.
- El golpe inmediato sigue siendo real: destrucción de demanda en Asia, tensión logística y necesidad urgente de más almacenamiento.
Durante décadas, el Estrecho de Ormuz ha sido la gran carta geopolítica de Irán. Su capacidad para bloquear una vía por la que normalmente transita cerca de una quinta parte del crudo mundial le daba un poder desproporcionado. Pero precisamente por haber jugado esa baza en un momento extremo, el efecto de largo plazo puede ser el contrario al que Teherán buscaba: empujar al resto del mundo a construir alternativas que reduzcan de forma permanente su capacidad de presión.
La lógica ha cambiado: ahora sí compensa esquivar Ormuz
Hasta ahora, el desarrollo de rutas terrestres o de infraestructuras de desvío no parecía suficientemente rentable frente al uso habitual del estrecho. Pero la guerra ha cambiado el cálculo económico y estratégico. Lo que antes se veía como una inversión costosa y quizá innecesaria, ahora empieza a percibirse como una prioridad de seguridad energética.
La conclusión es bastante evidente: si el cierre de Ormuz ha demostrado que esta amenaza puede materializarse de verdad, los grandes productores y consumidores de energía ya no pueden permitirse depender tanto de ese paso. Lo que era un riesgo remoto ha pasado a convertirse en un riesgo operativo real.
Las alternativas ya existen, pero aún no bastan
Ya hay dos rutas clave para esquivar el estrecho. Arabia Saudí dispone del oleoducto East-West, que conecta sus campos del este con el puerto de Yanbu, en el mar Rojo. Emiratos Árabes Unidos, por su parte, tiene una infraestructura que lleva crudo hasta Fujairah, en el golfo de Omán. Entre ambas, pueden sacar al mercado unos 8,5 millones de barriles diarios sin pasar por Ormuz.
El problema es que eso sigue siendo insuficiente para reemplazar completamente el volumen habitual que cruza la zona. Además, parte de esa capacidad ya está cerca de su límite. Por eso se habla de ampliar infraestructuras existentes, reactivar antiguos corredores y explorar nuevas conexiones terrestres hacia el Mediterráneo o Egipto.
Entre las opciones que vuelven a sonar está la posible resurrección del viejo Tapline, el histórico oleoducto transárabe que conectaba los campos saudíes con el Mediterráneo. También se estudia reforzar la conexión con el sistema Sumed y ampliar terminales y puertos para hacer más eficientes las salidas alternativas.
El rediseño será caro, lento y vulnerable
No conviene idealizar estas soluciones. Construir o ampliar oleoductos requiere tiempo, capital y acuerdos políticos. Algunos proyectos podrían tardar entre tres y cinco años, aunque determinadas ampliaciones puntuales podrían ejecutarse antes. Y, además, estas rutas tampoco son invulnerables: durante el conflicto ya se han producido ataques sobre infraestructuras terrestres saudíes y emiratíes.
Aun así, hay una diferencia importante. Un oleoducto dañado puede repararse con relativa rapidez y, sobre todo, ofrece una vía adicional que reduce la dependencia absoluta de Ormuz. No elimina el riesgo, pero sí dispersa el problema.
Los más expuestos siguen siendo Asia y los productores del Golfo
La región más afectada por una disrupción prolongada sigue siendo Asia, destino habitual de alrededor del 80% del crudo y productos refinados de Oriente Medio. De hecho, parte de la destrucción de demanda ya ha empezado a verse mediante recortes de consumo, restricciones energéticas y ajustes operativos en varios países.
En paralelo, varios productores también están muy atrapados. Bahréin, Kuwait y Qatar dependen por completo del estrecho. Irak conserva una salida parcial hacia Turquía, pero gran parte de su producción meridional sigue sin una vía terrestre suficiente. Incluso Irán sufre su propia dependencia estructural.
Ese dolor compartido puede facilitar acuerdos que hace unos años parecían improbables. Cuando el coste económico se dispara, las rivalidades políticas empiezan a pesar menos que la necesidad de volver a mover barriles.
El gran déficit no es solo de oleoductos: también es de almacenamiento
Otro punto crítico que ha quedado expuesto es la falta de capacidad de almacenamiento, especialmente en Asia. Cuando el flujo se interrumpe, no basta con encontrar nuevas rutas; también hace falta tiempo, y ese tiempo solo se compra con inventarios suficientes. Si los países importadores no tienen reservas operativas amplias, acaban reaccionando con restricciones de consumo y medidas de emergencia.
Por eso, una de las secuelas más probables de esta crisis será una nueva ola de inversión en depósitos, terminales y reservas estratégicas. Puede parecer menos vistoso que construir un gran oleoducto, pero es una de las herramientas más eficaces para amortiguar futuras interrupciones.
En suma, el cierre de Ormuz ha servido para recordar al mundo dos cosas. La primera: el estrecho sigue siendo un cuello de botella crítico. La segunda, más importante: ese poder puede empezar a erosionarse si los países afectados reaccionan con la velocidad y el capital suficientes. Irán ha usado su mejor baza, sí. El problema para Teherán es que quizá haya acelerado el proceso que puede hacerla bastante menos útil la próxima vez.