Siempre me fascinó la habilidad de los vendemantas en la plaza de mi pueblo. Apenas había cumplido los ocho años

Moisés Romero

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Capitalbolsa | 04 abr, 2022

Actualizado : 08:20

Va de retro. Iba con mi difunta madre a ver el espectáculo. Quizá porque no había otra cosa que hacer. Todos los años, ya en el otoño, aparecía en la plaza del pueblo un carromato. Previamente, había recorrido media España con caminos, que parecían carreteras, pero no lo eran. Un carromato, con capacidad de apertura lateral y un micrófono, en manos y voz el ayudante del jefe, cuando no había nada de esa tecnología por esos pueblos. Eran dos. El que pregonaba y el que colocaba la mercancía lista para vender.

Cuando mi madre, y otras mujeres del pueblo, se habían gastado más de lo que tenían pensado gastarse, yo siempre le decía: "madre te han vuelto a engañar". Siempre me fascinó la habilidad de los vendemantas en la plaza de mi pueblo. Apenas había cumplido los ocho años. Hoy en la Bolsa pasa igual. No cabe la menor duda de que la estrategia de venta que empleaba Ramonét le daba excelentes resultados, y no tenía nada que envidiar a los métodos de marketing y publicidad empleados actualmente en el mundo del comercio. Una historia muy interesante. No se la pierdan.

Espectacular y buen cuidado artículo de Juan García Tristante. "Ramón Gambín Martínez, más conocido como Ramoné o Ramonet, fue un vendedor ambulante natural de Orihuela que con un camión cargado de mantas y otros productos textiles recorría media España pueblo por pueblo todos los años, desde mitad del pasado siglo hasta los años 80.

Así que, una vez preparado, sacaba la primera manta y abriéndola al público empezaba a demostrar sus dotes de charlatán con su «pico de oro»: «Señoras y señores, miren esta manta de Palencia, acérquense, tóquenla; por esta cara va estampada de flores, por la otra, de cuadros. Puede usted ponerla en la cama por la cara que más le guste. Por esta manta le voy a cobrar 1.500 pesetas. Pero le voy a regalar esta otra ―sacaba una nueva manta de la caja―, señoras y señores, esta manta lisa de pura lana que ustedes están viendo es la más apropiada para los recién casados, esta manta es capaz de hacer milagros, sí, como les estoy diciendo: con esta manta se acuestan dos y amanecen tres. Por 1.500 pesetas les ofrezco la primera manta, esta otra, que son dos y por el mismo precio le doy una más». Y, dirigiéndose a su ayudante que se encontraba junto a él en el interior del camión, le decía: «Pásame una manta mulera». Con las mismas, Ramoné desplegaba aquella manta de cuadros mostrándola a la concurrencia e incitando a la misma a que la vieran y tocaran. «Esta manta ―decía― no debe faltar en ninguna casa, es la de Curro Jiménez y si usted sale al campo o a la sierra deberá llevarla siempre encima porque nunca se sabe lo que a uno se le puede presentar».

Así iba sacando distintos modelos, poniéndolas dobladas unas encima de otras, hasta completar el lote de unas ocho a diez mantas que contenía la subasta. Eso sí, resaltando las cualidades de todas ellas con su desparpajo y acento refinado, sus gestos, su voz y su facilidad de palabra que hacía que las personas que se agrupaban alrededor del camión no dieran crédito a lo que allí se les estaba ofreciendo.

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