China ha protagonizado, en cuatro décadas, el mayor crecimiento económico de la historia. En diciembre de 1978, mientras en España se ratificaba mediante referéndum la Constitución vigente, en China se celebraba el tercer pleno del XI Comité Central del Partido Comunista Chino (PCCh), una reunión que, sin apoyos y a ciegas, años después convertiría a una de las regiones más pobres del planeta –no llegaba a cubrir las necesidades alimentarias de sus 1.000 millones de habitantes– en la segunda potencia mundial. Como escribe Georgina Higueras en el número 186 de la revista Política Exterior, las reformas implementadas “han devuelto a China a la posición en el centro del mundo que ocupó hasta el siglo XIX”.

En el 78 China ya era uno de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU y disponía de armamento nuclear, pero, aun así, era un país pobre y atrasado. En el seno del PCCh se deshojaba la margarita del futuro: seguir con la lucha de clases, la semilla de la Revolución Cultural de Mao Tse-tung, o apostar por el pragmatismo y la modernización del país. Tras la muerte de Mao, Deng Xiaoping, partidario de la línea pragmática y menos izquierdista, se convirtió en el hombre fuerte de China. Y en el encargado de alimentar al futuro gigante económico con una receta que podría recomendar cualquier economista liberal actualmente.

Los primeros pasos

Ya en la década de los 60, Deng Xiaoping defendió la idea de abrir la economía y emprender las ‘cuatro modernizaciones’ (en agricultura, industria, ciencia y tecnología y defensa). Era el momento de anteponer los objetivos económicos a las cuestiones políticas, de lanzarse al libre mercado, de liberalizar gradualmente los precios y mantener la inflación bajo control.

La primera década fue difícil porque el ala más a la izquierda del partido desconfiaba de la apertura al mercado y de la propiedad privada. Además, la industria era escasa y los ahorradores chinos, que tanto sacrificio les había costado obtener esas rentas, no eran muy partidarios de invertir su dinero.

Abrazar el libre mercado tuvo un precio, especialmente para algunos ciudadanos. El Gobierno cerró miles de empresas improductivas, por lo que millones de trabajadores perdieron sus empleos. Este fue el daño colateral de abrazar una economía de mercado. Por otro lado, miles de chinos crearon empresas y emprendieron sus negocios, lo que dio un nuevo aire a la economía.

Pero los datos macroeconómicos han dado la razón a los promotores de estas medidas. Si en 1978 el 97,5 % de la población era pobre, a día de hoy ese porcentaje ha descendido hasta el 3,1 %. La población de hace cuatro décadas, según datos del Banco Mundial, rondaba los 957 millones. En la actualidad, en China viven 1.386 millones de habitantes.

Reforma fiscal

Entre los años 1984 y 1985 se acometió la primera reforma fiscal, pero la más importante fue la que se realizó en 1993, con Jiang Zemin como nuevo secretario general del PCCh. El objetivo era aumentar la capacidad recaudatoria de un Estado que había abierto su economía al mercado. Ana I. Salvador Chamarro, de la Universidad de León, describió los pasos en su estudio El proceso de reforma económica de China y su adhesión a la OMC (ver): “Se derogó previamente el sistema de responsabilidad por contratos y se procedió a simplificar y unificar las figuras impositivas a través de la creación de una nueva gama de impuestos. Además, se incrementó la parte de los impuestos recaudada por el gobierno central y se diseñaron las reglas por las que se iban a repartir los ingresos entre él y los entes locales”.

Este nuevo sistema fiscal facilitó la reconversión de las grandes empresas estatales. Así, explica en Política Exterior Higueras, se emprendió la construcción de grandes infraestructuras que facilitaban la industrialización del país y las exportaciones. A los campesinos se les tendió una alfombra roja para que abandonasen el campo y se trasladasen a la ciudad.

En trabajo de estas dos décadas, las que van desde el 80 hasta el año 2000, sintió el respaldo de la comunidad internacional en 2001, cuando China ingresó en la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Claro que no todo han sido luces en estos cuarenta años. Mientras las multinacionales extranjeras se instalaban en China, seducidos por la barata mano de obra, y las ciudades florecían, el parásito de la corrupción se multiplicaba. Hu Jintao, nombrado secretario general del PCCh en 2002 tuvo que tragarse varias protestas de campesinos y obreros que fueron víctimas de los abusos de empresarios explotadores.

China en la actualidad

Bert Hofman, director para China, Mongolia y Corea en el Banco Mundial, apunta en Política Exterior que el gigante asiático se ha convertido en un ejemplo a seguir para otros países. Tal y como recuerda Hofman, en el último Congreso del Partido Comunista Chino, en octubre de 2017, Xi Jinping declaró que “el sistema y la cultura del socialismo con características chinas han seguido evolucionando, iluminando un nuevo camino para que otros países en desarrollo alcancen la modernización”.

Ese ‘socialismo’ a la china continúa arrojando unos datos macroeconómicos positivos, según recoge The New York Times. La Oficina Nacional de Estadísticas anunció que el año pasado la economía creció un 6,9 %, un 0,2 % más que el curso pasado, poniendo fin a una tendencia de desaceleración gradual que comenzó en 2011

China continuará mirando hacia el mercado y expandiendo su influencia por todo el globo. En un momento en el que truenan los tambores de guerra en la relación comercial con Estados Unidos, el país sigue estrechando lazos con América Latina o África. Los logros del país son palpables, pero, como sostiene Hofman, aún es “demasiado pronto para saber si el socialismo con características chinas para la nueva era le servirá [a China] para alcanzar sus dos objetivos centenarios, cómo se modelará el equilibrio entre el Estado y el mercado en los próximos años y si las políticas industriales chinas seguirán siendo compatibles con el actual sistema económico internacional”.

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