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“¡No veo nada! ¡No sé nada!”, grita el anciano doctor Faust en su primera escena. Tras una vida dedicada a la investigación, no ha logrado su objetivo, siente que ha fracasado. Por una ventana de su estudio, llegan las voces de jóvenes labradores que cantan a la naturaleza, al amor y a Dios. Siente que ha tirado la vida. Desde el inicio, Faust plantea el contraste entre civilización y cultura, racionalidad y espiritualidad, Ilustración y Romanticismo, diferentes nombres para la tensión más humana, la que separa lo que existe y lo que deseamos. La realidad nos provoca la misma insatisfacción que siente Faust en su gabinete y, siempre, hay una ventana por  la que se cuela la posibilidad, más ilusión que esperanza, para ofrecernos un pacto. Sobre el escenario, la ventana es la pared del laboratorio, un telón de cristal que separa la realidad analógica del sueño digital, el mundo donde todo es posible, donde cada uno puede ser quien quiera.

En la presentación, Àlex Ollé (Fura dels Baus), responsable de la puesta en escena, destacó que la ópera de Charles Gounod se estrenó en 1859, año de la publicación de El origen de las especies, de Charles Darwin. La referencia es importante. La teoría de la evolución demostró que los seres vivos no formaban parte de una jerarquía diseñada por un ser superior en la que los seres humanos eran la especie elegida. Es decir, no somos especiales, algo en lo que el siglo XIX insistía. Los derechos humanos eran para todo el mundo, lo mismo que la medicina o la física. Pero la racionalidad es aburrida y, en ocasiones, no lleva a nada, como le sucede al doctor Faust, personaje muy popular en ese siglo (Goethe, Wagner, Berlioz, Heine…). Por ahí se cuelan las voces de los labradores cantando al amor, a la tierra y a Dios. También, la imagen de Marguerite. Y Méphistophélès, que aparece en el gabinete para decirle a Faust, para decirse a sí mismo: ellos mienten, eres especial.

A partir de ahí, Faust se pone en marcha. En la presentación, también hubo una insistencia en el concepto de acción. “El mal es aquello que nos pone en marcha, es aquello que nos empuja a hacer y  Méphistophélès es el polo opuesto a la inacción de Faust”, señaló Ollé. Es una discusión que también nos devuelve al XIX, donde se cuestionaba el estático conocimiento científico o el aburrido consenso político mediante apelaciones al espíritu, la voluntad o la decisión, características de los diversos tipos de héroe, el poeta, el caudillo o el emprendedor, cuya decisión es capaz de doblegar todo lo impuesto; incluso, la propia realidad.

Sin embargo, el joven Faust, sin su alter ego Méphistophélès, tiene poco de hombre de acción pura. Ha reclamado“la energía de los potentes instintos, y la loca orgía del corazón y los sentidos” y lo que obtiene es un cortejo clásico, una paradoja que la puesta en escena destaca, ya que sitúa la acción en un barrio rojo, lleno de soldados, hooligans, bailarinas y matronas. De loca orgía, nada, salvo el vestuario y la escenografía de la Fura. Pero Méphistophélès acierta porque quizá Faust quiere verse a sí mismo como enamorado adolescente. El enamoramiento es un estado que ofrece la posibilidad de crear un mundo propio, de resignificar todo, y decanta esa balanza entre existencia y deseo de forma clara. La adolescencia es la edad del espacio sin tiempo, el momento en el que la persona reclama su territorio, algo que hoy significa consumir, sin ubicarse en la línea temporal, es decir, sin pasado ni futuro. Hay numerosos fenómenos políticos que no se entienden sin la capacidad adictiva que posee el papel de enamorado adolescente.

En la puesta en escena de Ollé, Méphistophélès no es un trasunto de Satanás, no es algo ajeno, sino el yo que quizá Faust ha reprimido durante toda su vida de investigación, un Hyde que, como el personaje de Stevenson, se come a su huesped hasta ocupar su espacio. El personaje tiene numerosos cambios de vestuario que exploran esos yoes, desde un macarra burlón, parecido al Santos (Eduard Fernández) de Fausto 5.0, también de la Fura, hasta asumir la identificación estética con Faust y, finalmente, ocupar su lugar en el gabinete. Quizá, preparándose para una nueva inmersión digital. Es cansado ser tanta gente. La exhaltación posmoderna de la identidad tiene algo de recuperación del viejo principio de autoridad ya que vuelve a situar al emisor en el centro, desplazando a la investigación o el argumento. No se habla de qué, sino de quiénes: tienes que creerme porque me estoy mostrando; se recupera la capacidad proselitista del mártir: sufro, luego tengo razón. Si todo nace de la propia mirada, es casi imposible el conocimiento compartido y, aún más, la idea de progreso. Modernidad y antimodernidad, a veces, premodernidad, a veces, posmodernidad.

El personaje de Méphistophélès concentra la mayor parte de los gags e ironías con los que Ollé ha querido descargar la obra. Sin embargo, el objetivo de desdramatizar el mito clásico profundiza en el problema contemporáneo de la banalidad del mal, algo que se ve en la parte final. En el segundo acto, soldados, hooligans, burgueses, bailarinas y matronas, vestidos con un punto de petardeo, adoran a Méphistophélès al ritmo de  “satán dirige el baile”. En el quinto, son los protagonistas de la fiesta de Walpurgis, donde todo es una broma, incluso el hambre y la violencia, hasta que los soldados ocupan el escenario. Quizá, un presagio de la deriva autoritaria de Europa que nunca pierde el sentido del espectáculo. El bonapartismo marvel domina el escenario.

Es complicado no acordarse del Doktor Faustus, de Thomas Mann, la novela en la que un exiliado que intenta contestarse a sí mismo cómo su país, y sobre todo, sus ciudadanos, pudieron caer en la adoración del infierno. Quizá, la respuesta no estaba tan lejos. El libro también significaba un exorcismo del propio Mann que, en 1918, había publicado Consideraciones de un apolítico, donde se realizaba una apología romántica del concepto kultur frente a la civilización y se defendía un modelo de gobierno autoritario para sustituir a la democracia. Estamos más en los locos años veinte que en los infaustos treinta, a punto de desdoblarnos, a punto de pactar con el diablo. Y no se irá porque, como dice Méphistophélès, no se puede hacer venir al diablo desde tan lejos para despedirlo a continuación.

 

Faust estará en el Teatro Real desde el 19 de septiembre hasta el próximo 7 de octubre (https://www.teatro-real.com/es/temporada-18-19/opera/faust)

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Sobre El Autor

Jorge Dioni

Yugoslavo. Leo y escribo. Tengo gafas y pelo en la cara como Luis Carandell, Vázquez Montalbán y el Gato Pérez. En Escuela @deescritores.

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