No muy lejos. No hace mucho. Seis palabras a modo de recordatorio. Seis palabras que dan la bienvenida a los visitantes de la primera exposición itinerante sobre Auschwitz y sus repercusiones históricas y humanas en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid. Fue en Polonia. Fue una pesadilla que comenzó en 1940 y que acabó con millones de personas. Lo que allí se vivió, las causas de la barbarie, deben ser conocidas. Para que no vuelva a pasar, ni aquí ni en ningún lado.

A lo largo de la exposición a uno no deja de temblarle las piernas. Imágenes, dibujos de supervivientes, maletas de cuero rasgadas, zapatos de niño, gafas con los cristales rajados, anillos, latas de comida que en su día fueron tesoros. Y los relatos escritos en las paredes. Y las proyecciones de los supervivientes, unas personas a las que no les queda ni rastro de odio. Sobrevivir a aquello con inmensas secuelas. Sobrevivir a aquello y que no te quede nadie de tu familia con quien abrazarte. Sobrevivir a Auschwitz y tener que soportar la carga de la propia existencia. Intentar dormir y que te ataquen los gritos, los llantos, los olores. Que te duelan las patadas otra vez. Que en tu estómago no quepa más de una cucharada de sopa porque tu estómago se ha devorado a sí mismo en este tiempo. Que vivas en permanente estado de shock.

Los pasillos del Centro de Exposiciones Arte Canal estaban repletos de gente, hasta niños en brazos. Al principio me chocó, pero creo que es necesario que todos conozcan esta historia y que todos recordemos valores como la solidaridad y el respeto. En tiempos de crisis, lo fácil es apuntar al vulnerable y dejarse seducir por mensajes de odio. Ideas nacionalistas, racistas y clasistas vuelven a abrirse paso. Parece imposible que a estas alturas se pueda revivir algo así, pero la naturaleza humana siempre da sorpresas. Ahí están los Trump, los Orbán, los Le Pen y la nueva oleada del fascismo italiano.

Quisiera acabar con un párrafo estampado en una de las paredes al comienzo de la exposición, pronunciadas o escritas por Martin Niemöller, un pastor alemán recluido en los campos de concentración. Unas palabras que cada uno debería interiorizar a su manera y pensar si su aplicación es posible a día de hoy: Cuando vinieron a apresar a los comunistas, yo no dije nada, porque no era comunista. Cuando vinieron a apresar a los socialdemócratas, yo no dije nada, porque no era socialdemócrata. Cuando vinieron a apresar a los sindicalistas, yo no dije nada, porque no era sindicalista. Cuando vinieron a apresar a los judíos, yo no dije nada, porque no era judío. Cuando, al fin, vinieron a apresarme a mí, ya no quedaba nadie que pudiera alzar la voz en mi defensa.

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