Antes de producirse el anuncio, había dudas sobre si Susana Díaz se atrevería o no a dar el complicado paso de presentarse a las primarias socialistas. Ilustres prohombres que la habían animado desde el propio PSOE (González) y desde fuera de él, quizá inseguros ante la ejecutoria de la lideresa, quizá temerosos de ser parte en una derrota ridícula, objetaban ostensible y abiertamente la decisión. De hecho, algunos de sus principales mentores han puesto en duda últimamente y más o menos en privado que el estilo de Susana Díaz encaje en el escenario español; que su discurso elemental y plano pueda encarnar una bversioón moderna de socialdemocracia y facilitar la recuperación de un partido como el PSOE, que ha de disputar su espacio tradicional por la derecha y por la izquierda… También se han escuchado argumentos del estilo de la improcedencia de “desvestir a un santo para vestir otro”, de la necesidad de que el PSOE cuide especialmente su liderazgo andaluz, etc. Pese a ello, la presidenta de kla mayor comunidad autónoma ha decidido lanzarse a la piscina, y a buen seguro que habrá calibrado el riesgo que corre porque si finalmente no gana, su carrera política habrá experimentado un revés en buena medida incapacitante. Y si ganase, se encontraría con un partido muy difícil de manejar.

Díaz asegura que esperará al 26 de junio para solemnizar la decisión, ya que quiere dar tiempo a la gestora que gobierna al PSOE después de la cuartelada para difundir la ponencia política, dirigida por Eduardo Madina (la económica, de José Carlos Díaz, ya se presentó hace días). Infortunadamente, contarán poco estos textos, sin duda ponderados y valiosos, en la decisión de la militancia, ya que, llegados a este punto, las polarizaciones que suscitan las primarias son dos, y ambas bien conocidas. En primer lugar, y como recordó Pedro Sánchez en Cádiz el pasado fin de semana, las dos opciones en liza son la de la buena disposición a pactos por estribor –la abstención para permitir a Rajoy alcanzar la presidencia fue paradigmática— y la de un PSOE autónomo y más a la izquierda, proclive a entenderse con Podemos o con un sector de Podemos. Y en segundo lugar, los acontecimientos han suscitado una rivalidad orgánica: la que existe entre los cuadros dirigentes y las bases militantes, ubicados aquellos y estas en trincheras distintas. En estos dos ejes, Susana Díaz representaría la opción abstencionista que la gestora impulsó y tendría la adhesión de los cuadros. Pedro Sánchez representaría la oposición a las fórmulas de ‘gran coalición’ y tendría el aprecio de las bases. Y Patxi López ensayaría una ignota tercera vía a la que no se le ve recorrido alguno.

Si las posiciones no se mueven, parece lógico pensar que Sánchez contaría con ventaja puesto que tiene más adhesiones que sus rivales en el cuerpo electoral. Las encuestas que se han publicado (la de 20 minutos y otras), aunque quizá poco científicas, son bien expresivas. Todo indica que el golpe de mano, que echó abajo con arbitrariedad las decisiones adoptadas por la militancia, ha generado un divorcio notable entre la cúpula y las bases y por el contrario ha establecido una adhesión sentimental entre estas y el defenestrado Sánchez. De cualquier modo, sería poco razonable que los electores no tuvieran en cuenta el trasfondo de la cuestión, los malos hábitos adquiridos por el PSOE y el modelo de partido que se pretende erigir.

Si las posiciones no se mueven, parece lógico pensar que Sánchez contaría con ventaja

Por un lado, alguien ha recordado en la prensa que, “desde 2011, en el PSOE la guerra interna se reanuda al día siguiente de elegir a un secretario general”. Cuando Rubalcaba ganó el congreso en febrero de 2012 frente a Carme Chacón por estrechísimo margen, dio paso también a una enconada guerra interna que acabó con su dimisión en 2014. Su sucesor, Sánchez, elegido en primarias frente a dos contendientes, fue derribado el pasado octubre por la cúpula del partido en un auténtico golpe de estado interno. Lo que indica una gran incapacidad de la mayoría, sea cual sea, para integrar a las minorías, y de la dirigencia para entenderse con las bases. Si no se reflexiona sobre este asunto, los congresos no harán más que ratificar rupturas insolubles.

Por otro lado, la candidatura de Susana Díaz podría servir para analizar fría y objetivamente la trayectoria de PSOE andaluz, que ha padecido fenómenos de corrupción notables y que, en el gobierno durante toda la etapa democrática, ha sido incapaz de sacar a Andalucía de los últimos lugares del ranking de las comunidades autónomas. Susana Díaz representaría en fin un “socialismo de vieja escuela” –el concepto ha circulado también por los medios- que no parece el más adecuado para resolver los déficit de la socialdemocracia europea ni para reconstruir aquí una izquierda moderna.

Susana Díaz representa un ‘socialismo de vieja escuela’

Lo más necesario, en fin, en la actual encrucijada socialista es que los tres candidatos se preparen para el día después, en el sentido de que prevean de antemano las fórmulas de integración, las vías de reconstrucción de una unidad que es indispensable para que un día el PSOE pueda contribuir sistemáticamente a la gobernabilidad del país y recupere claramente la hegemonía en su hemisferio ideológico, en detrimento de las propuestas populistas.

Las preferencias de los otros partidos

Se ha escrito (por ejemplo, Patricia Martín y Yolanda Mármol en El Periódico, el 13 de marzo) que “PP y Podemos hacen una radiografía similar de la eventual victoria de Susana Díaz como secretaria general en las primarias del PSOE. Aunque en público guardan escrupulosa neutralidad, en conversaciones informales admiten que, en el terreno orgánico, saldrían ganando con la presidenta de la Junta de Andalucía como líder”.

En efecto, tales alineaciones tienen todo el sentido: al PP le conviene que el PSOE sea una formación moderda, capaz de aceptar la ‘gran coalición’ cuando sea necesario, aunque como es lógico el objetivo de Rajoy es, descartada por ahora la mayoría absoluta en solitario, reunirla con Ciudadanos. Después de todo, Susana Díaz fue la inspiradora de la abstención ante la investidura de Rajoy y la instigadora por tanto del golpe de mano que tuvo este efecto, por lo que es perfectamente lógico que el líder popular desee fervientemente su victoria en primarias; bien entendido que Susana Díaz no ni dócil ni conservadora, y que además la historia reciente la empujará inevitablemente hacia babor si es elegida.

PP y Podemos saldrían ganando si Susana Díaz es elegida líder

Con respecto a Podemos, después de Vistalegre II y la victoria del ala radical que encabeza Pablo Iglesias y que se encuentra muy a gusto en su pacto con Izquierda Unida, parece lógico pensar que Susana Díaz proporcionaría a la fuerza morada una vecindad más cómoda. Primero, porque no disputaría a Unidos Podemos la izquierda-izquierda; y segundo porque, previsiblemente, la victoria de Díaz irritaría al sector más izquierdoso del PSOE, que en ciertas circunstancias poría terminar pasándose a Podemos.

¿Juego limpio?

A medida que avanza esta larguísima precampaña –algún día tendrá que explicar la gestora a qué se debe tanta demora en la celebración de un congreso que debió ser contiguo a la ruptura—, se advierte que en tanto Pedro Sánchez ha tenido que conseguir recursos mediante una colecta entre simpatizantes, los otros candidatos oficiales y oficiosos están utilizando, con mayor o menor soltura, los medios y recursos del partido. Asimismo, esta etapa no tasada de impasse suscita dudas sobre la transparencia en el manejo del censo de afiliados y sobre la propia afiliación, lo que debería obligar a encender luces y a abrir puertas y ventanas

Ya se sabe que no está prevista estatutariamente la precampaña pero es evidente que hay reglas de sentido común de las que depende que pueda hablarse o no de verdadera igualdad de oportunidades, de existencia o no de juego limpio.

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