Políticas extremistas

El ascenso de Vox se corresponde con el hundimiento de Podemos

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Antonio Papell
Bolsamania | 31 ene, 2019 07:15
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El presidente de VOX, Santiago Abascal, y el candidato a la presidencia de la JEuropa Press - Europa Press - Archivo

Todavía falta perspectiva para valorar completamente los efectos políticos de la gran crisis 2008-2014, que, aunque global, ha tenido características particulares exclusivamente españolas y, consiguientemente, efectos singulares autóctonos. Efectos que reflejan una gran decepción -la democracia no nos había inmunizado contra el decaimiento material ni contra la corrupción- y que se han traducido en una grave desafección.

Mucha gente ha dejado de creer en el sistema surgido de la constitución de 1978, en el régimen de partidos (bipartidismo imperfecto) proveniente de aquella construcción legislativa, y en la capacidad del frágil modelo vigente para cumplir los ideales de proporcionar libertad y felicidad a los ciudadanos, que rigen desde los albores de la Ilustración.

Como si la política estuviera sometida a la ley física de los vasos comunicantes, el ascenso de Vox, del que nos hemos percatado con horror en las elecciones andaluzas, se corresponde con el hundimiento de Podemos, una organización cuarteada por la disidencia interna, es decir, por los personalismos surgidos en el núcleo fundacional. De los cinco fundadores de Podemos -Iglesias, Errejón, Monedero, Bescansa y Alegre- sólo el primero se mantiene en la cúpula como decadente y solitario líder de la organización, secundado por su número dos y compañera, un aparente calco del no muy acreditado modelo nicaragüense de liderazgo familiar.

Los nuevos partidos no se han consolidado a escala estatal hasta que la crisis se ha adueñado del país

No es aventurada la hipótesis de que, tras la decantación del bipartidismo imperfecto en España, que se había planeado técnicamente -a través de la normativa electoral- para dar cabida en el sistema parlamentario a dos grandes formaciones, una de centro derecha y otra de centro izquierda, al Partido Comunista y a los nacionalismos catalán y vasco, las sucesivas apariciones de nuevas fuerzas han respondido a carencias del modelo más que a cualquier otra razón.

En efecto, otros intentos anteriores de ampliar la oferta de partidos habían fracasado. En julio de 1982, Adolfo Suárez, que abandonó la UCD tras la Transición anticipándose a la desaparición de aquel partido instrumental, alumbró el Centro Democrático y Social (CDS), al que se adscribieron algunas de las relevantes personalidades que habían acompañado al expresidente durante el proceso constituyente y que tenían gran prestigio en el país. Sin embargo, en las elecciones generales de diciembre de aquel año, el CDS sólo consiguió dos escaños, que fueron ocupados por el propio Suárez y por Agustín Rodríguez Sahagún, exministro de Defensa.

En 1986, aquel partido alcanzó el cenit, con 1,8 millones de votos y 19 escaños, que llegaron a ser 23 por la adhesión de otros políticos que abandonaron las formaciones con que habían concurrido a elecciones. En las municipales, autonómicas y europeas de 1987 batió el récord de electores: 1.976.000 en las europeas. Por diversas vicisitudes -incluido un pacto con el PP para obtener el Ayuntamiento de Madrid-, a partir de aquel punto álgido comenzó la decadencia del suarismo, que se hizo ya manifiesta en las elecciones generales de 1989 y que desembocó en la dimisión de Suárez del liderazgo del partido centrista en 1991, tras el fracaso en las municipales y autonómicas de aquel año. El CDS, en realidad una creación personalísima del conductor de la Transición, se esfumó para dar paso de nuevo al bipartidismo imperfecto habitual. El siguiente intento de la misma índole fue el de la Unión, Progreso y Democracia (UPyD), fundado por la socialista Rosa Díez, que apareció ya en 2008, cuando la crisis empezaba a sentirse, y que logró aquel año un solo escaño (el de la propia Rosa Díez) y cinco escaños en las elecciones de 2011, con 1.140.000 votos, su techo definitivo.

De hecho, los nuevos partidos no se han consolidado a escala estatal hasta que la crisis se ha adueñado del país. Ciudadanos, fundado en 2005, no logra escaños en el Congreso en las elecciones de 2008 pese a presentarse en prácticamente todas las capitales de provincia, ni tampoco en las 2011; es en 2015 cuando logra 40 escaños, a la vez que Podemos y sus confluencias consiguen 69 escaños. En las elecciones de 2016 los nuevos partidos (Podemos se ha aliado con IU) mantienen una presencia relevante y consolidada.

El caos parlamentario creado por la emergencia de nuevas fuerzas que dificultan la gobernabilidad enrarece todavía más el ambiente y, coincidiendo con el declive de Podemos, nace Vox en la extrema derecha y se manifiesta en Andalucía, con lo que son cinco ya los actores que previsiblemente acudirán con posibilidades ciertas a la tanda electoral de mayo.

Quiere decirse que existe una correlación clara entre la mala situación del país, en parte fruto de la incompetencia de los grandes partidos -ni previeron la crisis ni supieron gestionarla minimizando el daño a los ciudadanos-, y el surgimiento de nuevos partidos que da lugar a la formación de un pluripartidismo más exigente. Cabría imaginar que si la democracia se estabilizase volveríamos al bipartidismo, pero esta es una hipótesis imposible de contrastar. Hoy por hoy, lo único cierto es el caos. Un caos que no cesará hasta que la opinión pública comience a percibir el retorno a los cánones de equidad -el tan manido consenso socialdemócrata- sobre el que descansaba la idea fundacional del sistema.

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