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Selección Alucine: “Barry Lyndon” de Stanley Kubrick

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“¿Dónde está el pañuelo, Barry?”

Como otros grandes directores, Kubrick fue incapaz de llevar a término numerosos grandes proyectos a lo largo de su carrera. Son esas ideas que siempre sobrevuelan la mente de un creador, pero nunca terminan de fructificar. Welles no pudo con El Quijote, Tarkovski no pudo con El Idiota… Y Kubrick no pudo con Napoleón. Y como mal menor, el cineasta neoyorquino decidió aprovechar la ingente cantidad de material recopilado a lo largo de décadas para su mega proyecto napoleónico. Fue así como llegó Barry Lyndon.

Fue su primera colaboración con su cuñado Jan Harlan que sería productor de todas sus películas hasta Eyes Wide Shut. A Kubrick le gustaba rodearse de un equipo financiero y técnico de confianza. Así fue como John Alcott, que ya había colaborado con Kubrick en 2001 y La naranja mecánica, fue ascendido a director fotografía. Sus hallazgos fueron fundamentales en el éxito artístico de la película.

Kubrick solía adaptar textos ajenos para sus proyectos.  En este caso tomó la novela de William Makepeace Thackeray, Las memorias de Barry Lyndon. Era la mejor manera  de hacer una película de época ambientada en la segunda mitad del XVIII. Y es que Kubrick tal vez sea el director más versátil de todos los tiempos, acumulando obras sobresalientes en géneros muy diversos (comedia, terror, bélico, drama sexual, adaptación de best sellers, ciencia ficción, etc.).Un puto crack, dicho mal y pronto.

Pero tras la polémica suscitada con La Naranja Mecánica, especialmente en Inglaterra, lugar en el que residía y residió hasta el final de sus días, Stanley pretendió cambiar radicalmente de tercio. Quería fabricar una obra cinematográfica casi pictórica, un relato pausado sobre la vida y milagros de un antihéroe irlandés desde su tierna juventud hasta su turbia vejez. Y como siempre, se lo tomó con calma.

Barry en la cima del mundo.
Barry en la cima del mundo.

Eligió a Ryan O’Neal, tras algunas dudas y rechazos, como actor protagonista. O’Neal venía de triunfar en películas de aire cómico como Luna de papel y ¿Qué me pasa, doctor?, así como el western Dos hombres contra el Oeste junto a William Holden. Kubrick nunca estuvo muy convencido de su elección, pero tiro hacia delante con él. A cambio O’Neal consiguió su papel más recordado, no sin terminar un poco desquiciado. El legendario perfeccionismo de Kubrick obligó al actor a repetir cientos veces muchas escenas.

La pléyade de secundarios fue excepcional, con la setentera Maria Berenson (Muerte en Venecia) como Lady Lyndon, Leon Vitali como el vengativo Lord Burlington, Maria Kean como la estoica madre de Lyndon, o el sobresaliente Leonard Rossiter como el Capitán John Quin. Es precisamente la presencia de Quin en la juventud de Barry la que sirve de inicio a la historia. Un joven, ingenuo y apasionado irlandés reta a duelo al capitán inglés por haberle robado ‘su chica’. A Barry le queda mucho que aprender. Y empieza recorrer mundo.

Lo primero, le atracan, como un Paco Martínez Soria perdido en la gran ciudad. ¿Y qué puede hacer un joven sin un penique en la segunda mitad del XVIII? Enrolarse en el ejército. Kubrick aprovecha algunas de sus notas para Napoleón en esta parte de la historia. Fanático del orden, el cineasta estadounidense disfruta mostrando las tácticas de las batallas y la vida en el ejército. Pero Barry quiere más y se convierte en el ayudante del diletante Chevalier de Balibari (Patrick Magee). En el ejército aprendió a matar y sobrevivir. Con el caballero aprende a vivir y disfrutar. Y entonces aparece Lady Lyndon. Y Barry imagina una vida en grandes mansiones y con montones de dinero para dilapidar. Y una familia, por qué no.

La decandencia hecha arte.
La decandencia hecha arte.

Redmond Barry se convierte en Barry Lyndon. Como noble, aprende a humillar. Pero el irlandés rudo que lleva dentro le pasa factura. Su hijastro jura venganza. Y mientras Barry se asoma al abismo, una bala se cruza en su camino…

Barry Lyndon combina aventuras y drama, humor con tragedia en una película atemporal a pesar de algunos sus recursos típicamente setenteros como el uso del zoom. Una maravilla visual (la fotografía con luz natural es legendaria) y narrativa con cuatro o cinco secuencias memorables: los dos duelos, el travelling en la decadente casa de un demacrado Barry, el cortejo de Lady Lyndon, el palizón a Lord Burlington, las volutas de humo en el carruaje…

Y además Kubrick logra construir un personaje inolvidable, pleno de contradicciones, apasionado, sin escrúpulos, valiente, nostálgico, agresivo, atolondrado y astuto. Un personaje, en suma, de gran autenticidad. Deliciosa también, la utilización de la música, con piezas de Handel o procedentes del folklore irlandés.

Kurbick quería hacer Napoleón. Tuvo que conformarse con Barry Lyndon… A la postre, quizás, su mejor película.

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