Bolsamania

¿Realmente son tan buenas? Ocho películas sobrevaloradas (II)

Oldboy (2003): Quien no haya visto “Oldboy” no puede entender la enfermiza sensación que arrastra al espectador por la espiral de violencia y emociones humanas por cortesía del director coreano Park Chan-wook. La cinta nos arrastra con su desorden narrativo y su poderosa estética a un mundo de sensaciones desconocido. Obra imprescindible del cine oriental contemporáneo. Quizás esto se deba a que no hemos tenido en cuenta las múltiples lagunas de guión, parcheado de forma pobre recurriendo constantemente a elementos surrealistas, donde los más avispados quieren encontrar trascendentes metáforas, pero que no son más que recursos obligados de sala de montaje. Podríamos estar ante uno de esos casos en los que la personalidad arrolladora del director y su control de pulso narrativo nos ocultan los evidentes y numerosos fallos de la obra.

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Origen (2010): Probablemente el director más exitoso de la actualidad sea el británico Christopher Nolan. Todo lo que toca el productor, director y guionista se convierte en oro. Autor de las magníficas “Memento” e “Insomnio”, Christopher Nolan se ponía al frente del thriller de ciencia ficción “Origen” tras firmar esa joya llamada “El Caballero Oscuro”, y lo hacía con un enrevesado guión sobre el mundo de los sueños y el subconsciente. El resultado sería el aplauso del público, de la crítica y una legión de fans. La pregunta que procede en este caso es “¿nos encontramos ante una cinta sofisticada o frente a una obra que pretende parecerlo?” Cuantas más veces se pone uno frente a la película, más dudas le asaltan, no sobre el argumento, sino ante el artificio. El aluvión de preguntas sin respuesta y la solemnidad de cada uno de los diálogos no hacen más que reforzar la teoría de que “Origen” es un magnífico entretenimiento, pero dista mucho de ser un gran ejercicio cinematográfico o narrativo. Incluso encontrar la trampa nos hace dudar peligrosamente de sus cintas con similar estructura como la mencionada “El caballero oscuro” o “El caballero oscuro: La leyenda renace”. Pura apariencia.

Inception

 

2001: Una odisea en el espacio (1968): En plena carrera espacial, un año antes de que el hombre llegase a la luna, el grande entre grandes Stanley Kubrick firmaba esta obra clave del género “ciencia- ficción”. El resultado sería otra cinta perturbadora dentro de la biografía del genial director y una nueva exploración del género humano. Como pasaba con “Origen”, las dudas y las preguntas asaltan reiteradamente ante tal ejercicio de intelectualismo trascendental. Una cinta para ver una y otra vez. ¿Y todo esto no podríamos hacerlo de una forma menos aburrida? Así de simple. Por pobre y chabacano que parezca el argumento, nunca fue más válido. ¿Acaso “Blade Runner” no hace algo parecido resultando a la vez tremendamente entretenida? Viendo la extensa filmografía del gran Stanley parece claro que ese tempo lento no es una cuestión estilística, sino más bien una realización poco acertada por parte de un director impecable en cualquiera de sus otros trabajos.

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El cisne negro (2010): Perturbadora obra de un director pertubador. Darren Aronosfky se enfrenta en “El cisne negro” a otra historia con un personaje autodestructivo como eje central. En esta ocasión el viaje a la mente de Nina, la bailarina interpretada por Natalie Portman es más oscuro y salvaje de lo que nos ofrecía con Mickey Rourke en “El Luchador”. Consagración de Aronosfky como uno de los directores del momento, llamado a marcar una época. ¿Pero todo esto lo hace con la necesaria sutileza y respeto a la historia, o simplemente es un vehículo para lucimiento de director y protagonista? La honestidad con la que Aronosfky se acercaba a Randy “The Ram” Robinson en “El Luchador” desaparece dramáticamente en la pretenciosidad de una historia similar, pero excesivamente presuntuosa para contar con un guión tan previsible y plagado de lugares comunes. Del mismo modo, la poderosa exigencia del papel para una actriz tan recatada como Natalie Portman funciona como un imán para un público aturdido por lo que sus ojos ven y por lo que sus oídos escuchan (esto último cortesía de Tchaikovsky).

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(PARTE I)

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