Bolsamania

Mundo Indie: “Drive”

Para gustos hacen películas. Pese a que estamos acostumbrados a encontrar en nuestras salas de cine grandes y ruidosas superproducciones, el mundo del cine va mucho más allá. No nos referimos a los también frecuentes (y brillantes) Clint Eastwood, Martin Scorsese o David Fincher, sino a ese pequeño grupo de creativos de nombre desconocido que con enormes dificultades llegan a un puñado de salas, pero que muestran tanto talento como el que más. Desde Alucine comenzamos hoy esta nueva sección en la que prestamos la debida atención a estas joyas del séptimo arte que deberían ocupar un lugar de honor en cualquier filmoteca que se precie. Este es un espacio para regalarles, si es que no las conocen todavía, una serie de obras que irrumpirán en sus pantallas como torrentes de creatividad firmados por individuos que, en la mayoría de los casos se encuentran en el primer escalón de su carrera, pero en la cumbre de su libertad artística. Y para nuestro debut hemos escogido, ni más ni menos que la película que nos obsesiona desde su estreno hace dos años: “Drive”

Silencios, miradas y planos eternos. No dejen volar sus mentes hacia el cine europeo de Haneke o Kusturica. Esto es diferente. No hagan juicios de valor prematuros si les digo que dirige el danés Nicolas Winding Refn. No han visto ustedes nada ni remotamente parecido a “Drive”. Sí hay silencios, miradas y planos eternos, pero la obra que hoy nos ocupa es asombrosamente trepidante. Pero si un adjetivo es adecuado para entender lo que “Drive” significa, ese es “salvaje”. Winding Refn admite sugerencias, pero no imposiciones. Es un director indómito y feroz. No tiene ningún reparo en mezclar lirismo con violencia extrema. No le tiembla el pulso con la utilización de planos, recursos o canciones que vistos en sí mismos podrían calificarse incluso de “horteras”, pero que contempladas en su conjunto se convierten en una hipnótica melodía de seducción que nos atrapa sin remedio.

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Habrá quien tenga todavía los pelos de punta tras leer el término “lírico” en un análisis de “Drive”. No se escandalicen. Difícilmente encontrarán una cinta que alcance tales cotas de lirismo. La compenetración del espectador con los sentimientos puestos de manifiesto por ese poeta del silencio que es el misterioso conductor al que da vida Ryan Gosling es absoluta. En un mundo implacable y hostil como el que rodea a los protagonistas, las miradas cargadas de amor que comparten Carey Mulligan y el propio Gosling resultan casi Shakesperianas. No hay apenas diálogos. No son necesarios. Los actos y las miradas hablan por sí mismos. El hecho de que no lleguemos ni a conocer el nombre del protagonista resulta esclarecedor.

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Durante el día, Driver (Ryan Gosling) se gana la vida como mecánico en un taller y como conductor especialista de cine. Por la noche, ofrece sus servicios como conductor para delincuentes. Solo les ofrece cinco minutos de su tiempo. Más que suficiente para poner lejos del alcance de la policía a cualquiera. Driver es un hombre solitario, callado y misterioso. Mientras su jefe Shannon (Bryan Cranston) trata de exprimir el potencial al volante que demuestra el chico, la vida de Driver sufre un giro radical con la irrupción de un elemento extraño: Irene (Carey Mulligan), su dulce vecina, madre de un hijo pequeño y esposa de un convicto.

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“Drive” les va a atacar sin ningún reparo. Déjense seducir por su voraz propuesta estética y emocional. No opongan resistencia. Winding Refn es uno de esos directores que solo quieren hacer cine. Su cine. Disfruta con lo que hace y quiere que nosotros disfrutemos. La complicidad de una plantilla de grandiosos intérpretes (acostúmbrense a escuchar el nombre de Ryan Gosling en esta sección) es la guinda que convierte a “Drive” en lo mejor que nos ha dado el cine en bastante tiempo. Arrolladora. Disfrútenla.

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