Las mejores películas de la historia | “El Gatopardo”

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¿Cómo adaptar adecuadamente una novela al cine? Es una de las cuestiones más complejas que aborda el séptimo arte. Y no cabe una única respuesta. Muchas veces sucede que nos decepcionamos ante una película basada en un libro que nos gusta. “No reproduce fielmente la novela, no me imaginaba los personajes así, ese no el final del libro”… Son algunas de las cosas que podemos decir. No considero que la adaptación fiel sea el (único) camino para solventar esta situación. Más bien se podría señalar que una adaptación debe respetar el espíritu de la novela, su discurso y su carga significativa. A partir de ahí, cualquier fórmula puede ser adecuada.

De hecho, una película puede ofrecer otras perspectivas diferentes a la novela. ¿Por qué no? Si entendemos el cine, como la literatura, como una trabajo autoral, es obligado que el creador deje su sello. Es él el que debe decidir qué puntos resalta más o que aspectos potencia. Lo que está claro es que son dos lenguajes diferentes y cada uno tiene que aprovechar sus armas. En El Gatopardo hay una escena al final de la película en la que Fabrizio observa un cuadro en la biblioteca donde se desarrolla el baile. En la novela, ese momento no tiene tanta importancia. Pero Visconti aprovecha el poder de las imágenes y el silencio para contarnos lo mismo. Es la muerte que se acerca, el personaje que reflexiona con melancolía, ironía y terror sobre el final de camino, sobre la última parada del ser humano. Eso es cine, y un libro no puede jugar con esas armas.

En El Gatopardo de Lampedusa la muerte de Fabrizio se narra con todo lujo de detalles. En la cinta Visconti se prefigura de forma muy sutil ese instante. No nos los muestra, lo sugiere. Ya sabemos cómo va acabar. Los ojos emocionados de Fabrizio nos lo dicen todo. De hecho, toda la escena del baile expresa la situación en la que se encuentra el personaje. Un hombre, entre dos mundos, entre dos clases. Una, la burguesía, que irrumpe con fuerza y que toma posiciones y otra, la nobleza, que resiste amparada en la tradición. La aristocracia atávica y la burguesía voraz.

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Fabrizio ya no se siente a gusto entre los suyos, pero son los suyos. Pertenece a ese universo afectado, altivo y decadente. Es como él. Fabrizio lo percibe, percibe la decadencia que amenaza su estirpe, él es pura decadencia, un ser que ha tenido que tragarse su orgullo para seguir adelante, que ha visto como “la revolución sube la escalera vestida de frac”. Y ha tenido que recibirla, darle la mano, y entregarle a su adorado sobrino. Porque todo tiene cambiar para que todo siga igual. Todo sigue igual, sí, pero ya no es lo mismo. Nunca lo fue. Desde hace 2000 años en que Sicilia se convirtió en colonia. “¿Sabes por qué no vamos a cambiar? ¿Sabes por qué no vamos a oír los cantos de sirena del progreso? Porque somos dioses, el orgullo del siciliano es mayor que su miseria. Todo cambia, todo sigue igual.

El Gatopardo es una de las películas más aclamadas de Luchino Visconti. Venía de firmar cintas como Noches Blancas o Rocco y sus hermanos. Era un tótem del cine italiano. Para adaptar la exitosa novela de Lampedusa no reparó en gastos. Una estrella (Burt Lancaster) para el papel principal, y jóvenes valores como Claudia Cardinale o Alain Delon para los de reparto. 3 horas de metraje, decorados lujosos, complejas localizaciones y un baile casi eterno.

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¿Es una buena adaptación? No sé, muchos lectores no entienden por qué se cercena el final de la novela. A mi modo de ver el final está en la escena de la biblioteca. Una película no debe contentarse con reproducir en imágenes un libro. Para eso ya tenemos el libro y nuestra imaginación. Una película debe poseer el espíritu de la novela y ofrecer nuevas perspectivas. El Gatopardo de Visconti lo logra. No es perfecta, las largas escenas de batallas que Lampedusa pasa por alto, son innecesarias también en la película. A muchos espectadores les gustan los tiros y las muchedumbres corriendo de un lado para otro. Pero son detalles menores. Nos quedamos con los parlamentos del protagonista, los paseos de Angelica y Tancredi por los salones del palacio y, sobre todo, con los ojos de Burt Lancaster asistiendo, emocionados, a su final.

Escrito por David Rubio para Alucine