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“La vergüenza”: La guerra según Ingmar Bergman

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Durante toda la historia del cine, la guerra ha sido una temática fundamental. Directores, guionistas y productores se han ocupado de abordar conflictos bélicos y sus consecuencias y causas desde diferentes ópticas: crudeza, lirismo, diversión, reivindicación nacional, crítica despiadada, etc. El avance en las posibilidades técnicas del séptimo arte también ha permitido un acercamiento más descarnado a la realidad de un conflicto bélico, a menudo lastrando la calidad de los guiones. Con esta mini sección trataremos de analizar el cine bélico a través de la mirada de grandes directores de la historia. Para empezar, Ingmar Bergman.

El sueco se halla entre los cineastas más importantes de la historia. De estilo inconfundible, se pasó dos décadas firmando obras sobresalientes. Fresas salvajes, El séptimo sello, Los comulgantes, La hora del lobo, Persona, Pasión, Secretos de un matrimonio… En los años 80, con Fanny y Alexander construyó el corolario a toda su carrera aunque aun faltaría el cierre con Saraband. En definitiva, un cineasta monumental. Tal vez, el más importante de la historia.

Sin embargo, su cine intimista no parecía dejar lugar a temas bélicos. En los años 50, su obra giró en torno a la religión, la fe – o la falta de ella-, el mundo del teatro, la juventud, el paso del tiempo, etc.  Con Pasión, en 1969, su temática giró ya de forma casi definitiva a la problemática de la vida en pareja y la familia. Pero un año antes tuvo tiempo para firmar un proyecto curioso en su filmografía: La vergüenza. Una película extraordinaria por su originalidad, brutalidad e intensidad.

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¿Qué llevó a Bergman a abordar un asunto que se adaptaba muy poco a su estilo? A mediados de los años 60, el sueco atravesó una crisis creativa con consecuencias médicas. Bergman nunca tuvo una salud de hierro (a pesar de resistir hasta los 89 años) y pasaba largas temporadas en hospitales. Un estómago sensible tenía la culpa. En la cama de un sanatorio se le ocurrió la idea para Persona, una de las obras cumbres de la historia del cine.  Con aquella cinta, el sueco ganó confianza y se lanzó a escribir y dirigir una cinta siniestra, casi de terror, llamada La hora del lobo. Y después, ¿por qué no una historia ambientada en la guerra?

Bergman ya tenía 50 años en 1968 y se hallaba en pleno dominio de su arte. La vergüenza reúne sus habilidades técnicas y narrativas habituales enfocando la guerra desde su particular universo. Una pareja de músicos vive en un pueblo apartado cultivando un invernadero. La guerra acabó con la orquesta en la que tocaban y siguen viviendo como pueden. La pareja formada por Liv Ullman y Max von Sydow asiste sin demasiado interés a un conflicto que se eterniza. Pero cuando la guerra se recrudece y llega a su pueblo, la tensión entre los protagonistas estalla definitivamente.

La vergüenza avanza con lentitud en su primera hora. Una cinta clásica de Bergman de prodigiosa fotografía gracias a la genialidad de Sven Nykvist, de diálogos contundentes y plagados de matices realizando un brutal análisis clínico de la vida en pareja. Todo bien. Nada nuevo. Cuando el conflicto se desata asistimos a una escalada de acontecimientos que Bergman aprovecha para realizar un profundo estudio del alma humana y su comportamiento en situaciones de enorme presión.

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Lo más destacado de La vergüenza es la enorme autenticidad de sus personajes y su evolución psicológica. El temeroso y enfermizo Jan se transforma en un despiadado ser casi desprovisto de humanidad. La fortaleza de Eva se desploma hasta caer derrotada en un plano fascinante. Solo una mirada de Liv Ullman. Ni una palabra. No hay esperanza. La genialidad de Bergman y la profesionalidad de sus actores fabricaban momentos mágicos como este.

La última fase de La vergüenza nos conduce hacia un vacío abstracto e infinito. Así es la guerra de Bergman. No hay bandos, ni colores. No hay malos, ni buenos. Solo seres humanos que luchan por sobrevivir manteniendo la cordura y un ápice de moral. Unos lo consiguen, otros no. Cuando era un niño, Bergman pasó una temporada en Alemania por un intercambio con otro adolescente. Allí conoció la etapa de ascenso nazi. Se fascinó con la simbología, la alegría y el orgullo que mostraban los alemanes en un desfile. Bergman llegó a saludar con el brazo en alto. Años más tarde, se avergonzaría de su inocencia… Como tantos otros.  

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