Joyas del cine mudo: “La Madre” (1926)

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Si se piensa en cine mudo soviético generalmente viene a la cabeza El acorazado Potemkin (no tanto esa rareza llamada Aelita). La Madre de Vsevolod Pudovkin es otra de las obras cumbre del primigenio cine ruso. Menos avasalladora que la obra que estrenó Eisenstein un año antes, la cinta de Pudovkin camina por los mismos senderos ideológicos, como no podía ser de otra manera, y lo hace con un mayor lirismo que su colega. La Madre puede resultar mucho más cercana para un espectador de nuestro tiempo gracias al papel que desarrolla en la historia su protagonista femenina.

Mat está basada en la celebrada novela de Maxim Gorki. El escritor ruso dio forma a esta historia tras un paso por la cárcel en su tierra natal y un posterior exilio en el extranjero. Esta nostalgia de la Madre Patria es muy habitual en grandes escritores y cineastas rusos. El propio Tarkovski dedicaría toda una película a este motivo en su película Nostalghia. Gorki, simpatizante de los ideales socialistas que se extendían rápidamente por Rusia, escribió en 1907 Mat, recreando algunos episodios de la Revolución de 1905.

Pudovkin tomó la novela de Gorki y acometió la siempre difícil tarea de adaptar una novela de éxito. El tiempo había pasado, la Revolución de 1917 había triunfado y tocaba reivindicar a los caídos en el pasado. Pudovkin crea una admirable película en la que demuestra un dominio casi total de las técnicas cinematográficas a pesar de tratarse de su primer largometraje de ficción.  Pero la gran industria del cine soviético ya se hallaba a mediados de los años 20 plenamente establecida y no se reparaba en gastos a la hora de promocionar proyectos de este calibre.

La Madre parte de un inicio melodramático que pivota en torno a la vida de una familia pobre: un padre borracho y embrutecido y un hijo soñador y comprometido. Entre ellos, se sitúa la figura de la madre que tiene que tomar partido ante una serie de acontecimientos que afectan a su propia familia y a toda la ciudad.

La imperecedera belleza de muchas de sus imágenes y el cuidadoso ritmo de toda la película permiten que el espectador de la actualidad se emocione con esta historia de amor, lucha y esperanza. Aunque, al igual que El acorazado Potemkin y cualquier otra cinta panfletaria, esté rebosante de maniqueísmo.