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El fin del 3D, el formato que debía rescatar al cine

Hace más de una década, la industria del cine entraba en pánico. Ante el terrible avance de la piratería, la industria empezaba a estrujarse la cabeza para conseguir dar un golpe de efecto en una guerra que parecía tener perdida. Hacía falta algo que solo pudiesen ofrecer los cines para convencer al espectador de que tenía que regresar a las salas. Algo exclusivo y espectacular.

Así las cosas, el cine estereoscópico se revelaba como la solución anhelada. El 3D era la salvación. Comenzaba una época dorada para un formato realmente espectacular. Algo que alcanzaba su máximo esplendor de la mano de James Cameron y su Avatar, la cinta más taquillera de la historia del cine. Del mismo modo, Alfonso Cuarón y Gravity elevaban a los altares el mundo del 3D con un auténtico espectáculo visual. El problema es que, por en medio, nos encontrábamos con auténticos desastres y cutradas de nivel.

Poco a poco, el 3D iba perdiendo fuelle. Así, hasta llegar al pasado año, cuando el descenso en taquilla de las películas de dicho formato tenía más de desplome que de otra cosa. Casi un 20% menos en taquilla que durante los doce meses anteriores. Un dato dramático que podría deberse, en gran medida, a una afán lucrativo absurdo. Tras todo este tiempo, si el precio de las entradas de 3D se hubiese equiparado al de las entradas normales, seguro que el formato habría garantizado su supervivencia. Una pena.

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