Bolsamania

El clásico de la semana: “Ladrón de bicicletas”

Argumento: La Segunda Guerra Mundial ha terminado. Mientras los estados se lamen las heridas los ciudadanos tienen que empezar a vivir de nuevo en un contexto de absoluta depresión, especialmente visible en los países derrotados. En los suburbios de Roma, Antonio Ricci (Lamberto Maggiorani) lleva dos años sin trabajo, pero una luz aparece al final del túnel: acaba de conseguir un trabajo como fijador de carteles. Para desarrollar el trabajo solo se le exige tener una bicicleta, pero empeñó la suya para poder sobrevivir a los malos tiempos. Gracias al esfuerzo de su familia, Antonio puede recuperar su bicicleta y mirara al futuro con optimismo.

Lo que ocurre es que Roma está llena de personas como Antonio y un buen día, mientras el hombre está pegando carteles un joven desesperado le roba a Antonio su bicicleta y clave para su sustento. Dado que es sábado, Antonio se propone recuperar su bicicleta antes de volver al trabajo el lunes, de manera que, acompañado de su hijo Bruno (Enzo Staiola), emprenderá la angustiosa búsqueda del ladrón y de su bicicleta, en una jornada que pondrá a prueba el aplomo de un hombre inmerso en la más absoluta desesperación.

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¿Por qué tengo que verla?: Les seré absolutamente sincero. En más de un siglo de cine difícilmente podrán encontrar tres cintas tan hermosas y amargas como la que nos regalaba Vittorio De Sica allá por 1948. Si esto no les parece lo suficientemente meritorio, piensen que las otras dos obras comparables se firmaron en 1946 y 1952, que también las firmo De Sica y que llevan por título “El limpiabotas” y “Humberto D”. Máximo exponente del neorrealismo italiano, Vittorio de Sica comparte con Roberto Rossellini el honor de haber marcado una época y un cambio de tendencia en el cine mundial. Como hiciese antes el expresionismo alemán y después la “Nouvelle Vague”, el neorrealismo italiano se convertía en una revisión de los propios cimientos del séptimo arte.

 

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Todo tiene remedio… menos la muerte”

Junto a “Roma, ciudad abierta” y “Alemania, año 0” (ambas de Rossellini), las películas de Vittorio de Sica lograron retratar, de la manera más cruda y real la depresión de una época en la que los ciudadanos de los países derrotados solo podían limpiar los escombros de sus casa y de sus ilusiones. Imposible contener las lágrimas desde el primero de sus ochenta y ocho minutos de metraje. El viaje por Roma de Antonio y de su amado hijo Bruno es de los que calan hasta los huesos tantas veces como las que decidan disfrutar de la película.

La secuencia: Con un Antonio sumido en la más absoluta desesperación ante la imposibilidad de recuperar su preciada bicicleta, llega la última secuencia de esta gran obra. Como me niego a revelarles el final, solamente les apunto que recordar al pequeño Bruno enfrentándose a toda una muchedumbre para defender a su padre hace que, al aquí firmante se le ponga la piel de gallina.

 


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