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Crítica | “Langosta”, la mejor película del año

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Yorgos Lanthimos es el director con más personalidad del cine europeo. Eso, lo primero. Arriesgado y original, sus películas son únicas, circunstancia muy poco común en el cine actual. Lanthimos ha conseguido crear un estilo propio, también a nivel visual, aunque con algunos referentes bastante obvios, pero sobre todo su cine vive gracias a los sorprendentes y afilados guiones escritos con su colega Efthymis Filippou.

Tras las prometedoras pero irregulares Canino y Alps, con Langosta el director griego se jugaba buena parte de su futuro artístico. Lanthimos ya no es una promesa. Ha contado con más presupuesto y un reparto de lujo con Colin Farrell, Rachel Weisz, Lea Seydoux (La vida de Adele), Ben Wishaw (El perfume) y John C. Reilly, además de Angeliki Papoula y Ariane Labed, que ya aparecían en sus anteriores películas. Por cierto, Labed es la mujer de Lanthimos, asunto interesante si tenemos en cuenta el asunto que desarrolla la película…

Llevaba mucho tiempo esperando esta película. Y eso suele ser la antesala de una decepción. Pero, en este caso, ha sido todo lo contrario. Me alegro mucho, sinceramente. Tal es mi desafección con el cine actual que entré en la sala con la cabeza gacha y el ceño fruncido. Me temía lo peor. Un giro de Lanthimos hacia un cine más convencional. Lo típico: reparto conocido, más dinero, vamos a rodar algo menos arriesgado. Pues no.

Langosta es la mejor película de Lanthimos. O es la primera película “buena” de Lanthimos. Ha conseguido depurar y afianzar su estilo. Su mensaje es más diáfano, sin esconderse en la espesura de un guión cifrado, como tal vez hizo en sus anteriores aportaciones. En Alps y Canino la anécdota parecía tener más peso que el fondo. El espectador solía quedar impactado por el contexto y los planteamientos de sus historias, pero al final no conseguía sacar muchas conclusiones. “Lanthimos es un tipo raro, y poco más”, podían pensar muchos espectadores.

Pero en esta depuración de su estilo se encuentra también el final de una etapa. Considero que Lanthimos ha tocado techo con su propuesta. Por eso no me gustaría estar en su pellejo a la hora de preparar su siguiente película. Parece un tipo inteligente y a buen seguro que se habrá dado cuenta de que hay un cruce de caminos tras salir de Langosta: o repetir el patrón y caer en la reiteración o tomar la esencia de su cine para explorar otras posibilidades. Esperemos que tome el segundo camino.

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Y digo todo esto, porque la crítica de pedigrí española ha valorado negativamente a Langosta. Y entiendo algunas de las puyitas que le meten al griego. Pero no las comparto. Y diría más: si los críticos pro dan la espalda a Lanthimos es buena señal. Es que ha dejado de “molar”, y eso es casi imprescindible para crecer artísticamente de forma libre, al menos en una industria como la del cine en la que casi importa más cómo te vendas que la calidad del producto que vendes. Y luego está Boyero, que como Homer siempre rompe lo que no entiende. Qué tierno. Qué hombre.

Dicen que Langosta es una comedia. Lo es, y muy buena. Se me ocurren más de una decena de gags brillantes. Pero esta película es también, como acostumbran Lanthimos y Fillippou, una reflexión sobre las relaciones humanas contemporáneas. O dicho de forma menos trillada y pedante, sobre lo patéticos que somos, así en general. Si Canino ironizaba sobre la educación, Langosta apuñala nuestro modo de afrontar las relaciones sentimentales.

Con Lanthimos no hay refugio. Solmena a todos. El griego disfruta de lo lindo retorciendo nuestras debilidades. La densa sustancia que destila Langosta procede de exprimir el jugo de nuestras vergüenzas, esas que tapamos con mentiras y auto indulgencia.

Porque sí, tú también lo haces. Buscar desesperadamente una pareja para que haga la maniobra de Heimlich a tus frustraciones, darte golpes en la mesa para reforzar el mito del alma gemela. O celebrar la divina soltería bailando música electrónica mientras nos repetimos mantras autodefensivos del tipo “porque yo lo valgo” para ocultar el “fracaso” de no tener pareja. Solteros contra casados. Todos molamos mucho, pero los del equipo contrario, siempre menos.

Langosta muestra la mayúscula ridiculez de nuestros tiempos. Probablemente de cualquier tiempo en realidad, pero que la sociedad contemporánea ha llevado al límite movida por una incansable necesidad de patentar la felicidad, la mayor mentira de todos los tiempos. No es tanto que necesitemos ser felices, sino que necesitamos decirnos a nosotros mismos (y al vecino) lo felices que somos.

Lanthimos exagera y deforma los rituales cotidianos de las relaciones sociales. Unas relaciones desnaturalizadas, culturales, que no dejan de ser un juego en el que solo participan ególatras y parásitos.

A todos los personajes de Langosta les faltan varios hervores, actúan y hablan de forma mecánica. Al principio te ríes, luego sonríes. Y al final te enfrías (tiraba aire en la sala, pero aparte). El mensaje cala, hasta los huesos. De forma más incisiva que en Alps y Canino. Tal vez Lanthimos está proponiendo que aceptemos nuestra ridiculez y nuestras debilidades como paso previo para avanzar, para naturalizar unas relaciones sentimentales (y de cualquier tipo) que hace tiempo son solo construcciones culturales. O tal vez no está proponiendo nada de nada, que sería todavía mejor.

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Langosta es muy buena, de lo mejor que he visto en mucho tiempo. Es la confirmación de Lanthimos como el mejor director europeo (en mi opinión, claro). En el fondo, me da igual que sea el mejor o no, que los críticos le den una palmadita o un sopapo. Lo que yo disfruté en el cine con Langosta hacía siglos que no sucedía. A todos los niveles. Y eso es mucho… para mí. En cuanto a Boyero, que se ponga una de Scorsese.

Lo mejor: el reparto, especialmente Farrell, está excepcional. El sentido del humor es magistral con algunas situaciones muy brillantes. Azuza la reflexión sobre la mecanización y desnaturalización de las relaciones sentimentales. Buen final.

Lo peor: probablemente sea (debe ser) el final de una etapa para Lanthimos.

David Rubio

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