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Crítica: “La noche más oscura”

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Es complejo enjuiciar una película como La noche más oscura. Esta cinta maneja dos vertientes muy diferentes: lo que cuenta y como lo cuenta. O dicho de otra forma, la película como producto comercial y artístico y el mensaje del mismo. Kathryn Bigelow se llevó seis Oscar con En tierra hostil, cinta que abordaba, desde una óptica fría y descarnada, la presencia de soldados estadounidenses en Irak. En aquella ocasión, la historia llevaba al primer plano los efectos de la guerra, la tensión y la emoción en varios soldados anónimos. El resultado fue positivo y la Academia se encargó de premiar la apuesta de Bigelow.

Tres años más tarde, la directora norteamericana puso su ojo en la muerte del terrorista más buscado del mundo. El 1 de mayo de 2011, el mundo amanecía con la noticia del asesinato de Bin Laden. Casi diez años después de que Estados Unidos sufriese el peor atentado de su historia, su máximo responsable caía en una operación secreta en Pakistán. No tardó Bigelow en moverse entre bambalinas para hacerse con el control de una historia que pedía a gritos una película.

Casi en broma se dijo que la directora junto a su guionista Mark Boal viajaron aquella noche oscura con el comando encargado de asaltar la fortaleza de Bin Laden. Y es que Bigelow se ha transformado en una experta en cintas bélicas y de espionaje. Tras facturar títulos más lúdicos como la divertida Le llaman Bodhi o la apocalíptica Días Extraños se inició en el mundo de la guerra con K-19: the widowmaker. En esa cinta de 2002 ya mostró su aptitud para abordar la compleja convivencia de política y guerra.

Pero tras una década y varios Oscar, las exigencias eran mucho mayores con La noche más oscura. La cinta se inicia con la pantalla en negro y sonidos procedentes del atentado del 11S. Y finaliza, como todos sabemos, con el asesinato de Bin Laden. ¿Cuál es el mensaje? Zero Dark Thirty es el retrato de la obsesión de un país por cumplir una venganza. Cueste lo que cueste.

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“-¿Y qué vas a hacer ahora? -Voy a matar a todos los que participaron en la operación y luego voy a matar a Bin Laden”

Pero Bigelow construye, con esa base, una película cruda, bien rodado, de tono documental, y de tensión creciente. A pesar de que todos sabemos cómo va a terminar, el espectador sigue con interés la trama. Y es que siempre despierta curiosidad el modo en el que las grandes agencias de inteligencia gestionan situaciones como esta.

Jessica Chastain y Jason Clarke aparecen en un lugar indeterminado interrogando a un prisionero. Maya, el personaje interpretado por Chastain, jovencita reclutada por la CIA, aprende del experto el modo adecuado para extraer información de un terrorista. Así se inicia este viaje de Maya a los bajos fondos del espionaje. Palizas, humillaciones, un poco de zumo y al agujero de nuevo. La joven aprendiz se angustia ante lo que le espera, pero no tardará en asumir su papel (para eso la han traído) y ser ella misma la que dirige los interrogatorios.

Paralelamente, el espectador asiste a la progresiva obsesión de la protagonista, que es la obsesión de toda una nación,  por encontrar el terrorista más buscado. Sacrificará su vida personal y todo lo que sea necesario para cumplir con su deber nacional. Una clase de personaje que entusiasma a los norteamericanos.

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La cinta nos va dando información sobre el paso del tiempo. La fecha se acerca y el cerco en torno a Bin Laden se cierra. Una vez encontrada la más que posible ubicación del dirigente de Al-Qaeda, llega el momento de lidiar con las altas instancias de la política estadounidense. En esta fase, la película de Bigelow gana puntos y nos muestra la siempre compleja relación de las estructuras de poder del gigante de las barras y estrellas. Y todo ello con actores muy eficaces que terminan siendo uno de los aciertos del film.

Tanto Argo, como La noche más oscura, reivindican la labor de la CIA, tras años de críticas. Si en la cinta de Ben Affleck se opta por la vía lúdica, en Zero Dark Thirty se presenta la vertiente más árida, pero seguramente, más realista.  Por otro lado, ambas son películas hechas por norteamericanos para norteamericanos. El hecho de que despierten tanto interés en otras latitudes se debe a que “los americanos tienen colonizados nuestro subconsciente” como se decía en El curso del tiempo de Win Wenders.

En definitiva, La noche más oscura es una película facturada por una directora experimentada que domina la técnica cinematográfica con soltura y que es capaz de mantener un alto grado de tensión a lo largo de todo el metraje. Pero esta película  guarda en su interior un mensaje terrible. Actuando así, nos quedan muchas noches oscuras por vivir.