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Crítica: “El hombre de Acero”

Desde que el cine es cine, desde que los superhéroes son superhéroes un nombre se ha distinguido por encima del resto: el de “Superman”. Con su primera aparición de la mano de DC Cómics el año 1938, la historia de Clark Kent (bautizado como Kal-El en su Krypton de origen) lograba cautivar a un público ávido de referentes morales y así llegaría su primera adaptación para la pequeña pantalla con la serie “Las aventuras de Superman” (1952) y, casi tres décadas después el gran éxito de la película “Superman” (1978). Marlon Brando, Christopher Reeve, Gene Hackman, Glenn Ford y el éxito transformaron a la cinta en mito, y el paso del tiempo la convirtió en leyenda. Desde entonces, varios intentos fallidos por recuperar el aura y la solemnidad que siempre caracterizaron al héroe, acabaron por condenar al olvido cinematográfico al defensor más grande de la justicia y de la humanidad. Pero como decía el fiscal del distrito de Gotham Harvey Dent “la noche es más oscura justo antes del amanecer”.

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Mientras Christopher Reeve surcaba los cielos por vez primera, un niño de doce años llamado Zack Snyder soñaba con volar más alto que nadie. Poco podía imaginar que en sus manos se depositarían las esperanzas de todos los fan de “Superman”. El director de “300” o “Watchmen” afrontaba el proyecto desde el absoluto respeto, frente a un personaje del que él mismo es fan incondicional. Con doscientos veinticinco millones de dólares en sus manos, Snyder tenía que lograr devolver a “Superman” a lo más alto. Ya se sabe: un gran poder conlleva una gran responsabilidad, pero la palabra “miedo” no aparece en el vocabulario del director.

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El “Superman” que se nos presenta en “El hombre de acero” no es perfecto. Ni mucho menos. La cinta es irregular y excesiva. De eso no hay duda. Tras una primera hora de toma de contacto bastante atractiva, la cinta se pierde en medio de una tormenta de adrenalina hasta el punto de que el final de la película se recibe como un descanso para los sentidos. Pero ¿qué es “Superman” si no una hermosa mezcla de romanticismo y acción? Seguramente no sea el “Superman” que nuestra generación merece, pero sí el que necesita. La forja del “hombre” hasta transformarlo en leyenda se maneja con maestría en la obra de la mano de un Henry Cavill que parece haber nacido para el papel, secundado por una plantilla de intérpretes que nada tiene que envidiar al reparto original. Russell Crowe se convierte en un auténtico “robaplanos” gracias a su Jor-El. Del mismo modo, Kevin Costner y Diane Lane recuerdan tiempos mejores con los momentos más emotivos de la cinta. En todo caso, lo que empieza a resultar obsceno es la perfección interpretativa de Amy Adams (Lois Lane) y del villano Michael Shannon (el “General Zod”), magníficos como no podía ser de otro modo.

MAN OF STEEL

En “El hombre de acero” todo es más grande y más ruidoso que cualquier cosa que hayan visto antes. Eleven a la enésima potencia el clímax final de “Los Vengadores” y obtendrán más de la mitad del metraje de “El hombre de acero”. Seguramente estos momentos harán las delicias del gran público, pero cuando se salta la barrera de lo emocionante y se rompe el muro de lo apoteósico, el resultado es el aturdimiento absoluto. Las virtudes de la película son al mismo tiempo sus propios defectos. El salto del Clark Kent atormentado que lucha contra sus fantasmas interiores, al del Clark Kent convertido en “Superman” que lucha contra las tropas de “Zod” es tan violento que resulta traumático. Así es el nuevo “Superman”: excesivo en todos sus aspectos.

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En cualquier caso, la honestidad de “El hombre de acero” no tiene discusión. No es el “Batman” de Nolan, pero tampoco pretende serlo. Nos gustará o no el método utilizado, pero lo que es indiscutible es que Zack Snyder ha conseguido que todos volvamos la mirada al cielo en busca de la figura de la justicia. Ha vuelto “El hombre de acero”. Ha vuelto “Superman”.

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