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Crítica: “El gran Gatsby”

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“Mi padre me enseñó a intentar quedarme siempre con lo mejor de las personas”, dice Nick en la introducción de la película. Es un gran consejo para vivir en sociedad. ¿Hacemos un esfuerzo e intentamos ver lo mejor de El gran Gatsby? A ver… Podemos decir sin temor a equivocarnos que la versión de Luhrmann supera a la setentera de Jack Clayton. Este director, poco prolífico, asumió el proyecto más importante de su carrera cinematográfica. Un guión de Francis Ford Coppola, con Robert Redford y Mia Farrow como referentes en el reparto. Pero Clayton naufragó con todo el equipo, a pesar de contar con grandes películas en su trayectoria (A las 9 cada noche, por ejemplo).

Para un espectador de la actualidad puede resultar insoportable la estética setentera de El gran Gatsby de Redford. ¿Resultará insoportable el Gatsby de DiCaprio para el espectador de dentro de tres décadas? Es muy probable. Pero el aficionado al cine de la actualidad ya sabía lo que se iba a encontrar. Los tráiler (esos destroza argumentos y sorpresas, desgraciadamente cada vez más importantes en la promoción del cine) se encargaron de mostrar la parte más exuberante de la cinta.  Y el hecho de que Buz Luhrmann estuviese tras la cámara no dejaba lugar a dudas. Iba a ser una película estéticamente suntuosa y desmesurada.

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Lurhman es conocido por haber incluido música pop en la adaptación de Romeo y Julieta (también con DiCaprio), por la mediocre epopeya nacional Australia y, especialmente, por Moulin Rouge. Su estilo es conocido por el mundo del cine, así que si los productores confiaron en él para adaptar la novela de F. Scott Fitzgerald ya se sabía de antemano lo que podía suceder. Además Jay-Z, rapero y productor musical de gran éxito en USA (y marido de una tal Beyoncé), es productor ejecutivo. ¿Resultado? Nueva York, años 20, con canciones de hip-hop y versiones de Beyoncé. Un horror.

Y así transcurren los primeros 45 minutos de la película. Entre anacronismos varios, estridencias estéticas y un ritmo acelerado que raya el empacho narcótico. En este sentido, se está imponiendo un ritmo narrativo en cierto tipo de cine que no concuerda con la capacidad del ser humano para recibir (y asimilar) estímulos. Suceden tantas cosas, tantas imágenes pasan por nuestra retina, a tanto volumen, que es cómo si no pasara nada.

Tras esta primera parte que sirve para crear algo de misterio en torno a la figura de Gatsby y para enterarnos de que las raves, en realidad, se iniciaron en su castillo comienza, de verdad, la película.  Gatsby quiere acercarse a Nick porque conoce a Daisy. Pretende organizar una cita en casa de su amigo para tomar el té. Es en ese espacio donde se da una de las mejores escenas de la película. Justo cuando deja de sonar Crazy in love de la “Señora -Z”. Permanecemos 20 segundos sin ruido y comienza a paladearse la historia, empezamos a profundizar en el corazón herido de Gatsby. Su forma de actuar en la cita provoca que nos despierte cierta simpatía. (No tanta como le despierta a Nick Carraway, eso nunca, ni en el libro, ni en las películas…).

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En el apartado interpretativo destaca, como siempre, DiCaprio que ya tiene ganado a medio planeta sin ni siquiera aparecer en pantalla. Con el tiempo, este actor ha sido capaz de mudar la piel y meterse en papeles complejos, combinar dulzura con cólera. DiCaprio le da humanidad a Gatsby, aunque quizás este personaje sea más redfordiano. El Gatsby de DiCaprio sufre más que el de Redford (pero es que el amigo Redford, por contrato, no podía sufrir ni despeinarse jamás…). Tobey Maguire, actor algo antipático, está correcto como lo está Carey Mulligan o Joel Edgerton. También destaca la participación del siempre eficaz Jason Clarke (La noche más oscura).

¿Y entonces, qué? ¿Está bien El gran Gatsby? Da lo que promete (en el apartado negativo) y ofrece algunas sorpresas agradables, especialmente en un par de escenas brillantes. Dos horas y media de calidad ascendente que permiten al espectador salir con un buen sabor de boca. Muchos fuegos de artificio que envuelven el emocionante sueño incorruptible de un corrupto que, nos da la sensación, se acerca más el espíritu de la novela que su mediocre predecesora.   

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