Bolsamania

Crítica de “Django desencadenado”

Django

A pesar de que hace ya unas semanas desde su estreno, “Django desencadenado”, la última y esperada película de Quentin Tarantino, merece una revisión en alucine.es. Máxime si este espectador abordó anoche el visionado de “Django” por segunda vez, tras haber asistido a su estreno (como no podía ser de otra manera, fan de Tarantino que soy) en una sala de cine de media-entrada (es raro el “no hay billetes” en el cine de mi pueblo). Esta segunda vez (confieso) abordé su visionado en un decente HDRip (espero que no me persiga la SGAE por este  comentario, pues yo ya pagué mi entrada en su momento), que me  sirvió para confirmar las emociones y los pareceres que el bueno de Quentin me transmitió durante su western. Aviso a navegantes: “Django desencadenado” me decepcionó entonces y me ha seguido decepcionando ahora. Los motivos los expongo a continuación, y para el que me acuse de anti-Tarantino, que un día venga a mi casa y vislumbre, en mi cuarto, estos pósters de “Reservoir Dogs” y “Pulp Fiction” que llevan años engalanando el blanco de las paredes (que ya ni recuerdo cuándo colgué, ni me imagino sin ellos).

No voy a extenderme mucho en hablar de la trama de “Django desencadenado”, un southern con revestimento de western con estilo tarantiniano. Un southern es como un western pero ambientado en el Sur estadounidense, y donde antes había indios ahora hay negros; es decir, una historia de época que gira en torno a la esclavitud. Esto es lo que quería hacer Tarantino, y también un Western, pues por todos es sabido su predilección por Sergio Leone y el spaguetti western. Y lo que le salió es “Django”. Otro aviso: para los fans de Leone (entre cuyos fervientes seguidores me incluyo) y del western en general, “Django” será sólo western en la primera parte del metraje, allá cuando King Schultz (magnífico Christoph Waltz) consigue dar muerte a los hermanos Brittle, que coincide cuando aproximadamente Tarantino comienza a mezclar al maestro de maestros Ennio Morricone con música rap. Para quien no sepa de qué hablo, les recomiendo que paren de leer, que paren de ver “Django”, que salgan del cine si ahora leen esta crítica en su teléfono móvil (cosas más raras se habrán visto). Antes que “Django” hay que visionar a Leone y escuchar a Morricone; es decir, hay que ver “Por un Puñado de Dólares“, “La Muerte Tenía un Precio” y “El Bueno, el Feo y el Malo“.

Django Unchained movie still
Una pareja interpretativa donde Foxx queda realmente mal parado

Una vez vistas, Django cobra otro sentido. O cobra otro sentido al menos lo que nos parece que quiso hacer Tarantino, y por qué falló, o por qué me parece a mi que falló. Como decía, para cuando Schultz consigue dar muerte a los hermanos Brittle (recapitulemos: Schultz es un sanguinario caza-recompensas que compra a Django para que le lleve ante sus antiguos dueños, los citados hermanos, y que, una vez cumplido el trato, le promete la libertad), la película entra en la espiral tarantiniana típica en la que esperas que el desencadenante y lo desencadenado sea genial y sea digno del director. Pero, ay amigo, ¿se estará quedando viejo nuestro Quentin?

Permítanme esta blasfemia (con la que muchos de vosotros habréis sentido hasta escalofríos), y continúo con “Django desencadenado”. Una vez libre, o semi-libre, Django pide a Schultz que le ayude a encontrar a Broomhilda, su mujer, también esclava, en paradero desconocido. Broomhilda se halla en Candyland, una exótica plantación de algodón regentada por Calvin Candie, un excéntrico sureño interpretado por Leonardo DiCaprio en un duelo interpretativo con Waltz que será, a ojos míos, el registro más alto al que llegue Tarantino con su película.

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Un estupendo DiCaprio de mala leche y dientes sucios

Para entonces aquello ya es un southern donde no sólo habrá negros y más negros (y negros de todos los tipos, viejos, atractivos, musculosos y Samuel L. Jackson) sino también una elegante mansión, ropa de época barroca y honores sureños. Del polvo, de los poblados perdidos en mitad del desierto y del caballo hemos pasado a esto otro, no particularmente peor, pero sí muy lejos del género que Tarantino dice homenajear. Otro aviso a navegantes: si lo que queréis es ver un western, y ver Tarantino, quizá deberíais dejar “Django” y rebuscar entre vuestra filmoteca para encontrar las dos “Kill Bill”, el auténtico western tarantiniano. “Django” es un engendro cinematográfico, una conjunción de elementos y de géneros que desvaría (me adelanto a la crítica) en serie B.

Otra blasfemia (quizá me prohíban escribir más en alucine.es, quién sabe). Continuemos: “Django” alcanza su más brillante cénit en ese duelo dialéctico entre Schultz y Candie, en esa alocada negociación sobre los luchadores negros “mandingos” (como sabemos, una estratagema urdida por el caza-recompensas para comprar, indirectamente, a Broomhilda), pero es un cénit que se diluye rápidamente. Como ésta es una crítica “de pasada”, me permito la licencia de hablar un poco sobre el final, pues, sin ello, esta revisión de “Django desencadenado” carecería de sentido: hasta un poco más de media hora antes (aproximadamente) del final, “Django” me parecía genial. Y, efectivamente, alcanza cotas muy buenas (como hemos visto) allí donde otros directores adolecen: en el desarrollo narrativo, en el detalle dialéctico, en los diálogos, en definitiva. Pero antes blasfemaba diciendo que Tarantino parecía hacerse viejo pues, “Django”, en su final, es una parodia de Tarantino, es Tarantino parodiándose a sí mismo y a su cine, y lo peor de todo, parodiando no al spaguetti western de Sergio Leone (recordemos, un final tenso, dramático, sudoroso, de miradas polvorientas y musicalizadas) sino a aquel otro western italiano de más risas y más tiros (el de Enzo Barboni, por ejemplo).

No hablo mucho más para no levantar spoilers. “Django” adolece de un final largo, aburrido, en una sucesión de tiros que carecen de sentidos, de venganzas diluidas entre sangre de pega y música rap. Esperas que “Django” te regale un final a la altura (tanto del anterior de la película como del propio cine de Tarantino), pero no llega. Y lo peor de todo, el final que sí llega aburre y acabas deseando que “Django” acabe; o peor aún, imaginándo cuánto mejor habría sido “Django desencadenado” si Tarantino hubiese dado fin a su película cuando Waltz y DiCaprio ya no aparecen en escena.

Tiros y más tiros… un final donde sólo encontraremos eso.

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