Crítica: “Caníbal”

Cuando Hobbes decidió poner de moda en su “Leviatán” aquella frase de “el hombre es un lobo para el hombre” (cortesía de Plauto varios siglos atrás) poco podía imaginar que sus metafóricas palabras llegarían a adquirir un signficado tan turbadoramente literal. Manuel Martín Cuenca toma la locución y dibuja en “Caníbal” el auténtico retrato de un lobo, con todas los rasgos y particularidades que caracterizan a tan noble especie. Su lobo camina en soledad por las penumbras. Receloso del resto de criaturas, es un animal que no actúa movido por el bien o por el mal. Simplemente le empujan los dictados de su instinto. Esquivo y de dócil apariencia la mayor parte del tiempo, cuando siente la necesidad de alimentarse muta en feroz e implacable. El lobo de Manuel Martín Cuenca se llama “Carlos”, lleva el rostro de Antonio de la Torre y nos acompañarle durante casi dos horas de sobrecogedor ejercicio cinematográfico.

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Cuando uno habla de “Caníbal” es fácil sentir un primer impulso de referirse a ella como un thriller. De hecho, teniendo en cuenta que se centra en la historia de un asesino en serie que se alimenta con la carne de las mujeres a las que da caza, parece claro el género frente al que nos encontramos. Sin embargo, de quedarnos en ese punto sería muestra clara de una preocupante vaguedad reflexiva, ya que “Caníbal” dista mucho de ser un thriller al uso. El pulso de un director de tan marcada personalidad supone un primer matiz importante, ya que Martín Cuenca es hombre tan parco en palabras, como sobrio y elegante en la puesta en escena. Ambos rasgos nos empiezan a conducir a un subgénero que se muestra de manera más evidente cuando la película comienza a mostrarnos sus intenciones. No se explicita la violencia en ningún momento de la obra. Las cazas del protagonista nos ofrecen la tensión de la preparación. La ausencia de sensibilidad y empatía respecto a las víctimas que siente Carlos se hace patente, pero los actos más sórdidos se limitan al fuera de campo. De modo que el tempo y el estilo hacen de “Caníbal” una obra diferente a lo que podría imaginarse uno con la mera lectura de la sinópsis.

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Durante toda la cinta, el punto de vista que se nos ofrece es el del asesino. No es la primera vez que tal experimento se lleva a la gran pantalla con éxito. Todos logramos empatizar con el celebre doctor Lecter, por poner un ejemplo de dudosa moralidad y curiosos gustos culinarios. Lo que ocurre es que en “Caníbal” no se pretende la empatía con el protagonista. Tampoco la antipatía. Todo es frío y distante. No podemos ni considerarle un villano. El “Carlos” de Antonio de la Torre es más parecido a aquel alcohólico interpretado por Ray Milland en “Días sin huella” que a cualquier asesino en serie que conozcamos. El conflicto es interior. La lucha es con uno mismo. Pero es esa lucha que no existe de partida. Como le ocurría a  Michael Fassbender en “Shame”, su adicción se convierte en un problema cuando aparece un elemento desestabilizador que provoca una momento de reflexión. Para Carlos, ese elemento aparece en forma de hermosa mujer (Olimpia Melinte) y, en consecuencia, de redentor amor.

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Con composiciones de plano para quitarse el sombrero (homenaje incluido a “Centauros del desierto”) y estremecedora interpretación de Antonio de la Torre (reconozcámosle ya: no se puede ser mejor actor), “Caníbal” llega caminando por las calles adoquinadas de Granada con una aura de nostalgia y romanticismo que contrasta con lo lapidario de su esencia. Una obra singular y meticulosa como lo es su protagonista (respetado sastre) cuando no está hambriento. Puede que sea distante y puede que su ritmo no sea para todo el mundo, pero sería demasiada insensatez dejarse llevar por estos extremos. Es fría. Si. Pero su frío cala hasta los huesos. “Caníbal” no se olvida.