Bolsamania

Crítica: “Anna Karenina”

El mundo está lleno de personas, y las personas llenas de imperfecciones. Consecuencia directa de esto, nos encontramos con sujetos más o menos afortunadas en lo que a su diseño estructural se refiere o, dicho de manera menos pomposa, gente “bien hecha” o gente “mal hecha”. Los primeros son los menos. Son ese conjunto de individuos a los que cualquier prenda les sienta bien. Si extrapolamos esto al cine, directores a los que cualquier género les sienta bien, podrían ser Spielberg o el Scorsese más maduro. Luego está la gente a la que algunas prendas les sientan bien, y lo saben. Son estos, individuos habilidosos que se esmeran en potenciar sus virtudes, ya que saben que los sombreros les sientan bien o que un jersey de cuello alto les transforma en elegantes. Los integrantes más inteligentes de este grupo pueden llegar a ser confundidos con esos tipos a los que todo les sienta bien, pero es un trabajo difícil. Al menor patinazo, se descubre la farsa. En este grupo está el director británico Joe Wright, director de las magníficas “Orgullo y prejuicio” y “Expiación”.

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Este fin de semana llegaba a las pantallas españolas “Anna Karenina” tras haber decepcionado en su paso por las taquillas del resto del mundo. La crítica venía de tratarla con frialdad por allá donde se estrenaba. Estas circunstancias provocaban en el público patrio cierta sensación de extrañeza. Ninguno acabábamos de entender el motivo de esta situación, ya que juntar a la actriz Keira Knightley y a Joe Wright en una cinta de época basada en una novela de León Tolstói parecía una fórmula infalible. El caldo de cultivo ideal para conseguir una de las mejores películas de la temporada. Una mina de premios y alabanzas. ¿Qué falla entonces? ¿Por qué “Anna Karenina” está condenada a caer en el océano de la mediocridad y el olvido? Pues solo necesitan ustedes un minuto frente a la pantalla del cine para descubrir el motivo: demasiado artificial.

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Después de que Wright se diese un paseo por el cine contemporáneo y dejando atrás la época victoriana quedó claro que lo suyo era el siglo XIX o, como mucho, principios del XX. Ni “El solista”, ni “Hanna” alcanzaron lo que se esperaba de ellas, de modo que el director británico decidía volver a su terreno con “Anna Karenina”, pero en vez de repetir la fórmula, Wright decide rizar el rizo. “Anna Karenina” se desarrolla como si fuese la grabación de una obra teatral. Es algo parecido a ver actores que hacen de actores, que a su vez representan un papel. Parece lioso. Lo se. Para que entiendan a lo que nos referimos, un personaje puede empezar a caminar para dirigirse a un restaurante. Para ello se baja del escenario de un teatro, hasta ahora atrezzado como el salón de una casa y empieza a caminar mientras vemos como los extras retiran el decorado y lo transforman en otro (un restaurante concretamente). Así 130 minutos de metraje en los que apenas encontramos 5 minutos de exteriores o decorados reales. Demasiados filtros y artificios que dejan a la poderosa historia en un segundo plano. No importa lo que se cuenta, sino cómo se cuenta. Una exhibición de creatividad y prepotencia que dejan al espectador a mil kilómetros de distancia. No se puede entrar en la historia. El director no lo permite.

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De esta manera, dando absolutamente toda la importancia a una puesta en escena tan atractiva visualmente como insípida en su fondo, van pasando los pasajes de una de las grandes novelas de todos los tiempos. A nadie le importa lo que le ocurra a la Anna Karenina creada por Keira Knightley, como tampoco despierta interés el insípido oficial Vronski de Aaron Johnson. No hay matices en la burda forma de tratar la trama. La pareja de amantes resulta cansina e incluso antipática cuando no se ha llegado ni a la mitad de la película. Así las cosas, en los últimos minutos de metraje la indiferencia es ya absoluta. Pocas cosas funcionan en la cinta. Lo más poderoso, el soplo de aire fresco que supone la historia de Levin (Domhnall Gleeson) y su amada Kitty (Alicia Vikander). Su historia otorga, de lejos, los momentos más agradables de la obra.

De modo que Joe Wright ha dejado que veamos sus puntos más débiles porque, en algún momento, el director británico llegó a confundirse a sí mismo con uno de esos a los que todos les sienta bien. Una lección de humildad para el realizador que los espectadores hemos pagado. Veremos si aprende.

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