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“Apocalypse now”: La guerra según Coppola

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Algunos creemos que la mejor película de Francis Ford Coppola no es El Padrino… Somos pocos, eso sí. El director de Detroit había conquistado el séptimo arte a principios de los años 70 con la espectacular adaptación de la novela de Mario Puzzo. El mundo era suyo. Tras firmar en 1974 la interesante La conversación con Gene Hackman, comenzó a rumiar la que sería una de las películas de rodaje más complejo del cine contemporáneo.

La idea de adaptar la estupenda novela de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas (1902) le rondaba la cabeza desde hacía tiempo. En aquel libro un marinero debía remontar el Congo para encontrarse con un traficante de marfil que responde al nombre de Kurtz. El viaje por el África colonial será toda una aventura con tintes de pesadilla. Conrad había tenido experiencia como marinero y conocía la zona gracias a uno de sus viajes. La novela corta del escritor nacido en Polonia ha pasado a la historia como uno de los relatos más subyugantes de la literatura moderna. El tratamiento psicológico de los personajes y su habilidad para dibujar complejos tipos humanos debió crear un gran impacto en Coppola, al igual que hizo en miles de lectores de todo el mundo.  

Partir de esta novela era todo un riesgo, pero también una gran aventura. La decisión final del director norteamericano fue todo un acierto. No trató de adaptar fielmente la novela, tan solo la utilizó de base inspiradora. Coppola trasladó las tinieblas de las profundidades de la selva africana al sudeste asiático. Un lugar perdido entre Camboya y Vietnam en el que a un coronel se le ha ido un poco la cabeza…

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¿A qué huele?

El Marlow de Coppola es Willard (Martin Sheen), un capitán que pasa sus días emborrachándose en un hotelucho de Saigón soñando con su siguiente misión. Podría volver a casa, pero, desde hace años, su hogar es la guerra. Un mañana una par de emisarios le dan una ducha fría y le ponen sobre su mesa un mensaje del alto mando. Willard vuelve a la acción.

Así comienza Apocalypse Now (sin olvidarnos de la legendaria introducción con los acordes de The End de los Doors). El espectador ya está atrapado en su butaca deseando conocer más sobre ese capitán bebedor y de mirada huidiza. Y es que en una película, el principio es fundamental. Y aun lo es más el final… Willard asiste a una peculiar comida en la que también toma partido Harrison Ford en su famosa (y breve) aparición. No pinta nada en la película, pero un año antes había sido Han Solo…

Willard escucha una grabación del Coronel Kurtz. Ya sabe cuál será su misión. Y no será la primera vez que tenga que hacer algo similar. A partir de ahí, la cinta avanza con decenas de secuencias míticas. No hay espacio para referirse a todas: el encuentro de Willard con su tripulación, rockeros con un pie en la tumba, Charlie no hace surf, la aparición de Robert Duvall, Wagner desde los helicópteros…

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Tomando el sol en el Mekong

Apocalypse Now va, poco a poco, estrechándose y cautivando al espectador. Mientras remontan el río, Willard se aleja de la guerra y se adentra en otro conflicto diferente. El interior, el que late en casi todas las personas. Es muy difícil citar un punto fuerte en esta cinta. Casi todos los ingredientes juegan un papel decisivo. Pero tal vez sea la profundidad psicológica de Willard y la figura omnipresente de Kurtz lo que eleve Apocalypse Now a la categoría de mito. Coppola supo aprovechar, en este sentido, lo mejor de la novela de Conrad. El capitán finalmente alcanza la frontera y llega al campamento del Coronel. Allí le espera un fotógrafo pasado de revoluciones (Dennis Hopper) y una cabeza afeitada perteneciente a Marlon Brando.

El desenlace de Apocalypse Now roza la perfección y no nos queda otra que agradecer a Coppola el haber estado a punto de perder la cabeza en la selva durante muchos meses para poder sacar adelante este proyecto. La guerra según Coppola es mucho más que bombas, tiros, conflictos internacionales y crítica trillada. Como en el caso de Bergman, se trata de un horror presente en lo más hondo del ser humano y del que nadie está a salvo. Una delgada línea que separa la locura de la cordura y que algunos terminan cruzando.