Bolsamania

12 maravillas de los últimos años que deberían ser idolatradas (Parte II)

 

8. El Protegido:  He aquí un alegato en defensa del brillante director hindú M. Night Shyamalan. Desde que firmase “El sexto sentido” allá por 1999, el público la ha tomado con un director atrevido y honesto. Shyamalan construía en “El protegido” el nacimiento de un superhéroe con la oscuridad que le caracteriza. Sin que nos demos cuenta, Shyamalan nos cuenta una auténtica historia de cómic en la que probablemente sea la mejor cinta de superhéroes de la historia (lo siento, Christopher Nolan). Vale que Shyamalan se haya llevado unas buenas leches en los últimos tiempos, pero cintas como “El Protegido” bien merecen que le demos otra oportunidad.

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7. Zodiac: Es este otro de los casos en los que crítica y público no lograron ponerse de acuerdo. Cuando se enumeran las grandes obras de la carrera de David Fincher, “Zodiac” no es de las películas que acuden directamente a nuestra mente. La persecución que el director construye del famoso”Asesino del Zodiaco” resulta tan perturbadora como la del John Doe de “Seven” . Pocas veces se ha mezclado con tanto pulso la oscuridad y la obsesión en una sola cinta. Seguramente, la cinta más personal de uno de los directores más importantes de las últimas décadas.

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6. Un Invierno en la Playa: Así sin llamar mucho la atención llegaba a nuestras pantallas “Un Invierno en la Playa”. La opera prima de Josh Boone (“Bajo la misma estrella” irrumpía con falsos aires de comedia, para demostrarnos lo poquito que hace falta para estudiar al amor en todas sus dimensiones. Lo que podría tomarse por un trabajo usual se cargaba de sensacionales e inteligentes matices, haciendo alarde de una llamativa capacidad para abordar la inmensidad con miradas y gestos sutiles. Demasiado luminosa para las plumas más afiladas, “Un invierno en la playa” merecía mucho más reconocimiento.

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5. A propósito de Llewyn Davis: Los hermanos Coen son unos tipos capaces de firmar puñados de obras maestras. Lo que pasa es que algunas son más fáciles de querer que otras. Los hermanos Coen acuden a su búsqueda habitual de perdedores sobre los que hacer pivotar la historia pertinente, para dar con uno merecedor de versos y versos. Llewyn no es un perdedor al uso, un cómico patoso o un simple tipo metido en situaciones que le van grandes… o si. Lo cierto es que la vida le va grande. No es un tipo atravesando una mala racha. El mundo ha decidido coserlo a leches y no tiene piedad de él. Está hundido en el fondo de un pozo arañando las paredes para intentar salir, pero hay algo que se ha agarrado a su vieja chaqueta de pana decidido a no soltarlo. Un mal compañero de viaje llamado “fracaso”. Y así camina el cantante de folk. Personaje de una de sus canciones. Ni demasiado bueno para triunfar, ni demasiado malo como para abandonar. Entre humo de cigarrillo, tristes acordes y la melancólica voz del genial Oscar Isaac transcurre la obra más cruda e incomprendida de los hermanos Coen.

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