Estas líneas están escritas en el fin de semana electoral de Andalucía, cuando todavía no se conocen los resultados reales de la consulta, por lo que el análisis del trascendental acontecimiento debe ser por fuerza genérico y flexible. Ya se sabe, sin embargo, dentro de los límites del realismo que marca la demoscopia, cuál será la correlación de fuerzas surgida de las urnas. Las especulaciones intelectuales de futuro deben partir, pues, de semejante esquema, mediante decisiones difíciles de adoptar. Además, todo lo que ocurra en Andalucía tendrá una proyección nacional: los cuatro líderes estatales se juegan este 2 de diciembre bastante más que su influencia en Andalucía. Y alguno de ellos podría incluso caer políticamente si los hados le fueran en exceso adversos.

Pues bien: sucede que si los portavoces de los partidos políticos que han hecho campaña en Andalucía con vistas a las elecciones del domingo estuvieran dispuestos a cumplir al pie de la letra las promesas que han realizado al electorado, Andalucía se sumiría en un incierto periodo de desgobierno y atonía, toda vez que, a poco que atinen los sondeos, entraríamos en una etapa de irremediable ingobernabilidad.

En efecto, las encuestas que se han publicado hasta el pasado domingo arrojan resultados bastante coincidentes. Si se cumple el pronóstico general, ganará el PSOE destacadamente, aunque con algo menos de apoyo que en las elecciones pasadas de marzo de 2015. Y a continuación, con relativamente escasa diferencia entre ellos, se situarán PP, C’s  y Adelante Andalucía (la versión andaluza de Unidos Podemos), con porcentajes de voto entre el 18 y el 20 % y en un orden variable según cada sondeo. Parecen estabilizarse ciertas tendencias como una pequeña fuga de votos del PSOE hacia Ciudadanos y una considerable transferencia de apoyos desde el PP hacia Ciudadanos y Vox. El una de las encuestas, hasta el 14 % de quienes recuerdan haber votado la PP optarían ahora por la formación de extrema derecha. En el conjunto de las previsiones, Vox podría obtener entre 0 y 4 escaños.

Casado echa en cara a Rivera la evidente contradicción de culpar a los socialistas de todos los males de la patria después de haberlos sostenido en el poder durante la legislatura.

Pues bien: Ciudadanos, que ha permitido gobernar durante tres años y medio a Susana Díaz, considera ahora que el PSOE es el responsable de todos los males que afectan a Andalucía desde tiempos inmemoriales y aun de todos los por venir en las próximas centurias. Adelante Andalucía, en manos del sector anticapitalista de Podemos y por lo tanto fuera del control de la organización encabezada por Pablo Iglesias, emula el odio leninista a la socialdemocracia de la III Internacional mientras su matriz, Unidos Podemos, busca desesperadamente apoyos para sacar adelante los presupuestos del socialista Pedro Sánchez. E incluso PP y Ciudadanos se tiran con fruición los trastos la cabeza recíprocamente; en especial, Casado echa en cara a Rivera la evidente contradicción de culpar a los socialistas de todos los males de la patria después de haberlos sostenido en el poder durante la legislatura.

Así las cosas, y siempre con los datos sugeridos por las encuestas, resulta que hay pocas fórmulas de gobernabilidad. Parece que PP y Ciudadanos juntos no alcanzarán los 55 diputados (VOX puede entrar en la cámara andaluza pero no parece que vaya a ser una fuerza decisiva), por lo que las combinaciones racionales se limitan a las dos que ya se plantearon en 2015: el PSOE podría gobernar con Ciudadanos o con Adelante Andalucía.

Ciudadanos ha hecho todos los aspavientos posibles para convencer al auditorio de que nunca más pactará con el PSOE. Adelante Andalucía, por su parte, no escatima descalificaciones a los socialistas… De modo que el problema no tiene solución. Si todos dicen lo que piensan y piensan hacer lo que dicen, Andalucía no tendrá gobierno.

Es muy posible que la inmensa mayoría de los andaluces vea esta situación con franca perplejidad, no exenta de cierta irritación. La obligación de los políticos profesionales es resolver problemas y no crearlos. Por lo que lo lógico sería que las fuerzas políticas andaluzas estuvieran ya compitiendo entre sí por pactar entre ellas y no al contrario. Lo que se espera de los partidos es que se dispongan a negociar, a transaccionar, a sumar, en lugar de intentar asombrarnos con la firmeza inamovible de sus rígidas convicciones que les impiden cualquier concesión al adversario, cualquier trueque razonable, cualquier aproximación para formalizar un programa común.

Si las fuerzas políticas persisten en esta actitud, que no es específicamente andaluza puesto que puede verse generalizada en todo el Estado, lo que los electores deberemos hacer es una especie de huelga de votos caídos. Tras las elecciones generales de diciembre de 2015, ya fue imposible una vez formar gobierno y hubo que repetirlas, lo que dio lugar a un gobierno precario con muchas dificultades. La honradez no consiste necesariamente en inflexibilidad, ni pactar ha de ser por fuerza claudicar. Por ello, es claro que así no podemos continuar y que si prosiguen estas actitudes habrá que cambiar el sistema electoral para sustituir la proporcionalidad por el modelo mayoritario a una o dos vueltas.

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