La continuidad beligerante del muy minoritario Gobierno Sánchez solo tiene sentido si mantienen su eficacia las políticas de mano tendida hacia Cataluña, que permiten alentar una posibilidad real de resolver el conflicto descarnadamente abierto y abocado, hasta ahora,  a la pura y dura confrontación.

Los países democráticos de nuestro ámbito mediterráneo, Italia y Portugal, están acostumbrados a los gobiernos complejos, multipartidistas, fruto de la negociación y el pacto, por lo que las relaciones entre fuerzas políticas, que hoy son adversarias como mañana pueden ser aliadas o viceversa, son más fáciles y fluidas. En Portugal, dos fuerzas de izquierdas, teóricamente incompatibles entre sí por hondas razones filosóficas, han formado un ejemplar gobierno progresista, pragmático y estable, que ha desmentido todos los oscuros presagios que se habían hecho. En Italia, dos fuerzas en teoría opuestas, una populista teóricamente progresista y otra ultranacionalista de derechas, se han entendido para formar gobierno porque comparten cierto antieuropeísmo y una larvada xenofobia, con lo que, independientemente de la opinión que merezca el bodrio resultante, han sido capaces de estabilizar la gobernanza.

Quiere decirse que en nuestro país, donde la Ley d’Hondt ha acreditado su capacidad de dar lugar a sistemas pluripartidistas (en teoría dudosa según la conocida ley de Duverger), no es sostenible por mucho tiempo la fórmula singular utilizada por Pedro Sánchez de gobierno monocolor soportado por apenas 84 diputados.

Es bien cierto que la legitimidad de este gobierno no proviene solo del apoyo que le otorga su propio grupo parlamentario ya que su entronización mediante una exitosa moción de censura requirió el respaldo de la mayoría del Congreso de los Diputados, pero es obvio que el consenso originario, que se refería sobre todo a la desastrosa decadencia del gobierno anterior, no tiene por qué extenderse a la política concreta del grupo que encabezó y ganó la moción.

La alianza PSOE-Podemos no es en teoría difícil de obtener y, de hecho, la nueva disposición más pacífica y templada de Iglesias facilita en la práctica una aproximación a la portuguesa, que inclusive podría llegar a un acuerdo presupuestario. El problema —lo explicitó Sánchez en su reciente viaje a Nueva York— es que, por la matemática parlamentaria, este gobierno solo se sostiene (y solo tiene sentido, en realidad) si se mantiene una relación de cooperación con los soberanistas. Relación que a su vez depende de que los seguidores de Puigdemont y de Junqueras crean que existe una vía política abierta para la solución del conflicto. Una vía que la derecha española no facilitará en esta ocasión y que, de recorrerse, habrá de ser de la mano de la izquierda.

La ocasión es histórica, ya que la propuesta de Sánchez es bien conocida y ha sido reiterada estos días. Cuando Sánchez regresó al liderazgo tras el golpe de estado interno en Ferraz, firmó con Iceta en Julio de 2017 la llamada “Declaración de Barcelona”, titulada más expresivamente “Por el catalanismo y la España federal”, que recoge en esencia la declaración urdida tiempo atrás por Rubalcaba (la declaración de Granada). “Este documento —explica la periodista Lola García en su magnífica obra “El naufragio” de la que hablaremos otro día— pretende ser un manual de urgencia para aplicarlo al conflicto catalán y salir del bloqueo. Prevé el desarrollo de aquellos contenidos del Estatut que fueron enmendados por el Constitucional y que pueden rescatarse mediante cambios legislativos en las Cortes. Incluye una referencia a la financiación en los términos aprobados en Granada (ordinalidad), inversiones, reconocimiento de la lengua, cultura y símbolos de Cataluña, y, finalmente, plantea la reforma constitucional”. El proceso incluiría dos referendos: uno extendido a todo el Estado, el constitucional, y otro limitado a la sociedad catalana, el estatutario. Para que este camino se abriera paso haría falta sin embargo una renuncia previa a la épica y al ademán cuasi revolucionario de los grandes próceres soberanistas y la voluntad decidida de restañar la gran fractura entre hemisferios catalanes que se ignoran entre sí.

Resumidamente, si se avanza en esta dirección, tendrá sentido un esfuerzo para llegar en las actuales condiciones al final de la legislatura. En caso contrario, las elecciones pueden ser inevitables a corto plazo, si bien ningún futurible podrá garantizarse si no cambia la disposición arisca de los grandes partidos, de espaldas entre sí y sin ganas de dirigirse siquiera la palabra.

“El naufragio”: el relato definitivo de ‘El Procés’

“El naufragio” es un relato espléndido del ‘procés’ catalán hasta su punto álgido, que fue la renuncia de Puigdemont a la declaración de independencia y a la decisión de convocar elecciones, con lo que se hubiera frenado la declaración del Artículo 155 CE y se hubiese reconducido la situación descabellada a parajes de racionalidad y cordura. Lola García, directora adjunta de La Vanguardia ha escrito una de las crónicas políticas más brillantes con un trabajo que es una soberbia lección de periodismo y que, con su exposición equilibrada, formula  también un radical juicio político en que los personajes terminan sentenciados por sus propios actos.

Todos los espectadores de aquellos hechos inquietantes, y en especial los periodistas, conocíamos los vectores finales de aquel proceso de cinco años en que se mezclaron sinrazones y ofensas, desatenciones y locuras, iluminaciones y faltas de generosidad hasta formar una acumulación de fuerzas heterogéneas, de pasiones no necesariamente coincidentes, que nos han traído hasta el panorama actual, que es un arduo problema sin solución conocida. El 25 de octubre de 2017, a las 19 horas, Puigdemont reúne a lo más granado del separatismo en la antigua sala Tàpies, en el Palacio de la Generalitat, y les anuncia que ha decidido convocar elecciones para detener la aplicación del 155 que el Estado ya ha puesto en marcha y que, según el PNV que intenta la mediación, aún podría detenerse por esta vía. Algunos de los presentes hablan de traición; Junqueras, que desea esta vía, se opone cínicamente para no contagiarse de la inevitable impopularidad… La escena, que concluyó de madrugada, debió ser abigarrada, dantesca, impresionante. Lo que se debatía no era una decisión política sino la propia Historia hecha carne, con su demagogia, se sectarismo, su grandeza y su veracidad, como todas las historias.

El 26, debía anunciarse el cambio de planes.  Puigdemont vacila ante la actitud de su propia gente. Intenta amarrar mediante intermediarios la retirada del 155 pero ni el PNV ni Iceta consiguen transmitirle la certeza absoluta de que Rajoy responderá positivamente al gesto. Las críticas se acumulan y suben de tono; en la Plaza Sant Jaume, miles de jóvenes que se han congregado para protestar por la aplicación del art. 155 empiezan a vociferar “Puigdemont, traidor” a medida que se difunde la noticia. Y Rufián, con su primario instinto destructivo, da la puntilla a la capacidad de resistencia del atribulado Puigdemont con aquel tuit demoledor: “155 monedas de plata…” Eran las 12:11 del día 26, la hora del punto de inflexión. Gente cercana al presidente le muestra el calvario social que le aguarda, como a cualquiera que destruye el ensalmo sobre el que se sustenta la épica. Y Puigdemont no es lo bastante fuerte. Nadie tiene, seguramente, la obligación de ser un héroe, ni aunque se dedique a la política, ni aunque haya que transitar por situaciones excepcionales. Y poco después Informa a Urkullu, el mediador, del fracaso de la gestión que hubiera ahorrado mucho sufrimiento a mucha gente: “Los míos me han dejado solo. No habrá elecciones”.

Al día siguiente, 27, se reanuda el plenario del DUI (declaración unilateral de independencia), que en realidad sólo dispone la entrada en vigor de la ley de transitoriedad (todo lo demás fue retórica sin valor jurídico). Aquella noche, unas 15.000 personas se congregaron ante el Palau de la Generalitat mientras en el Interior los Consejeros rehuían firmar cualquier decreto que les reportase responsabilidades jurídicas. Puigdemont no salió al balcón y ordenó que no se arriase la bandera española que lucía en el histórico balcón. Los congregados, con su desconcierto a cuestas, se fueron dispersando. El naufragio se había consumado.

Tras aquel gigantesco dislate, parecería absurdo volver a empezar, como pretenden muchos de los mismos que provocaron aquel embarrancamiento. Habría que archivar la pasión y la épica, que tan malas consecuencias ha traído a Cataluña, y que anteponer la necesidad de soldar fractures —la interna de Cataluña, sobre todo— al afán identitario que divide y encona las pasiones. Releer la historia puede ser muy útil en estas circunstancias.

Leer más: ‘Un referéndum para Cataluña’

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  1. Cataluña y la continuidad del Gobierno – Que pasa en

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