Josep Borrell acaba de publicar en la editorial Catarata “Los idus de octubre. Reflexiones sobre la crisis de la socialdemocracia y el futuro del PSOE”, un brillante y audaz análisis, escrito a vuelapluma –incluso con precipitación- para que pudiera ver la luz antes de la celebración de las primarias socialistas del 21 de mayo, sobre las que arroja claridades incuestionables y en las que apuesta claramente por la opción representada por Pedro Sánchez. Borrell reconoce dos motivos para escribir el libro: otro libro previo de Jordi Sevilla, que mete atinadamente el hilo en la aguja del relato, y las mixtificaciones y mentiras de Miguel Ángel Heredia, secretario general del grupo parlamentario socialista en el Congreso, secretario general del PSOE de Málaga y veterano diputado por esa provincia desde hace 21 años, quien explicó en una reunión privada de su partido que “hubo que actuar sobre la marcha” y “hacer lo que hicimos” (en relación al golpe de mano contra Sánchez) porque el entonces secretario general tenía firmado un pacto secreto de investidura con Podemos y los independentistas catalanes. Además, el mentiroso, autor de aquella ‘operación Frankestein’, puso por testigo al líder de UGT Ignacio Fernández Toxo, quien como es lógico desmintió airada y categóricamente el embuste en cuanto tuvo noticia de él.

La tesis central del libro, expresada muy sintéticamente, es que el error del golpe de mano del primero de octubre de 2016, que causó la defenestración de Sánchez de la secretaría general, fue la consecuencia de la cobardía moral de los miembros del propio aparato, que no fueron capaces de plantear y someter a votación la estrategia de abstenerse ante la investidura de Rajoy, a cambio de exigentes contrapartidas. Temían todos que quien formulara aquella propuesta para sacar pacíficamente a Sánchez del ‘no es no’ –una posición que no era del todo propia sino que había sido impuesta por los anteriores comités federales- quedaría inhabilitado para optar a la secretaria general en el inminente congreso federal. Antes de toda esta escenificación, Borrell había escrito en El Periódico el 3 de julio, poco después de las elecciones del 26J, un artículo clarificador en que cavilaba sobre las opciones que tenía ante sí el PSOE y decía que descartada la gran coalición PP-PSOE, solo hay dos soluciones. Un Gobierno de coalición minoritario PP-C’s, con o sin Rajoy, o un Gobierno muy minoritario del PP. En ambos casos, aun contando con el apoyo de algunos nacionalistas, haría falta una abstención del PSOE. Y eso podría producirse de dos maneras. Una, sin contrapartidas ni condiciones, instrumentada técnicamente mediante la oportuna enfermedad de unos cuantos diputados. Otra, poniendo el precio de un conjunto de medidas de tipo económico, social e institucional que el Gobierno minoritario se compromete a impulsar”.

Quien esté interesado en estos asuntos y, en general, el que quiera conocer una versión cabal y exacta de la crisis del PSOE no tendrá más remedio que leer el mencionado libro, y se convencerá sin duda de la mediocridad de muchas de las personas –incluidos varios pusilánimes barones que forman la supuesta aristocracia territorial del PSOE— que han desempeñado papeles relevantes en esta iniquidad antidemocrática, ante el estupor de las bases que, en algunos territorios como Asturias y Valencia, han puesto ya materialmente en ridículo, con la concesión de avales para las primarias, a sus líderes regionales. Sin embargo, más para estimular esa lectura necesaria que para reemplazarla, me permito abordar algunos aspectos sectoriales de la obra de Borrell que me parecen claves para interpretar esta deriva del PSOE y salir al paso de ella.

Borrel desmonta tópicos y destaca evidencias

Primeramente, es oportuno señalar que lo importante de la visión de Borrell es que desmonta tópicos y destaca evidencias. La crisis socialista no es reciente sino que arrancó en realidad en el entorno del 12 de mayo de 2010, cuando Zapatero anunció un descomunal recorte presupuestario del 1,5 % del PIB, plegándose sin rechistar a la conminación del ECOFIN emitida dos días antes. Aquella deriva, aceptada con disciplina pero incomprendida por la opinión pública, prosiguió con la reforma exprés del art. 135 de la Constitución por exigencia alemana. Merkel reclamó a todos los países que aprobasen una norma constitucional de aquel tipo, en que el servicio de la deuda externa tenía preferencia sobre las necesidades vitales de las personas; Finlandia –recuerda Borrell- se opuso a una reforma tan indecente, y finalmente la exigencia se redujo a una mera recomendación. Pero lo más notable de este relato que realiza Borrell es que revisa los antecedentes y llega así a la conclusión de que no ha sido Sánchez, en realidad, quien ha dejado reducida la representación del PSOE a su mínima expresión, como aseguran con buena o mala fe los incapaces de realizar análisis complejos que vayan más allá de la simple obviedad.

La gran catástrofe socialista fue en 2011, y la protagonizó el candidato Rubalcaba, quien, en un escenario todavía bipartito, perdió 4.280.000 votos, el 38 % de los 11.289.000 que había logrado Zapatero en 2008, quedándose con apenas 7.004.000 votos, en tanto el PP apenas subía un 6 % sus sufragios, hasta los 10.867.000 desde los 10.278.000 anteriores, si bien conseguía con ellos la mayoría absoluta por incomparecencia del contrario. Pudo hablarse entonces de colapso del socialismo, si bien la responsabilidad principal del desastre no correspondía tanto a Rubalcaba, aspirante por renuncia de Zapatero, cuanto a este, que había marcado las políticas que después fueron tan severamente castigadas en cabeza ajena y en las urnas.

Entre las elecciones generales de 2011 y las de 2015, se celebraron las europeas, las autonómicas y las municipales, a las que ya se incorporaron Podemos y Ciudadanos. El escenario de la consulta de 2015 fue, pues, cuatripartito, por lo que no cabe una comparación directa entre los resultados de una y otra. El PSOE de Pedro Sánchez quedó entonces reducido a 5.545.000 millones de votos, un 21% menos que los 7.004.000 de Rubalcaba; pero es que el PP perdió en 2015 un porcentaje mucho mayor, del 33%, con respecto a sus votos de 2011, hasta los 7.237.000 votos. Y ello fue así porque irrumpieron en escena dos recién llegados que se adueñaron de casi nueve millones de votos: 5.200.000 de votantes de Podemos y 3.500.000 de votantes de Ciudadanos. Si el cálculo se hace entre las elecciones europeas de 2009 y de 2014, el PSOE perdió el 41,15% de los votos, 15,8 puntos porcentuales y 9 escaños, de 23 a 14. Y al consumarse este declive en 2014, Pedro Sánchez era un perfecto desconocido todavía.

Escribe Borrell frente a las críticas por el ‘mal resultado’ de Pedro Sánchez en las generales 2015, emitidas por numerosos barones (Díaz entre ellos), este comentario: “¿Un mal resultado? Por supuesto. El conflicto interno, que apareció tan pronto como Sánchez anunció ser candidato a la presidencia del Gobierno, sin duda influyó, pero no lo explica todo. Esperar que en 18 meses un nuevo líder cambiara la apreciación que los españoles tenían del papel que el PSOE había jugado desde 2009 era ciertamente difícil porque las respuestas sociales tienen mucha más inercia. ¿Otro lo hubiera podido hacer en su lugar? Nunca lo sabremos”.

Borrell también pasa revista a los pésimos resultados de los líderes territoriales en las elecciones de 2015

En cualquier caso, Borrell no se amilana y pasa revista a los pésimos resultados que también obtuvieron los líderes territoriales en sus regiones en 2015: pérdidas de 7,6 puntos en Aragón, feudo del inefable Lambán, quien por cierto gobierna con Podemos; de 7,5 puntos en Valencia, donde el presidente de la Comunidad, Ximo Puig, también con el apoyo de Podemos, acaba de ser desairado por sus militantes, que han dado muchos más avales a Sánchez que a Díaz; 7,29 puntos en Castilla-La Mancha donde también Page gobierna con la gente de Pablo Iglesias“¿También era culpa de Sánchez? –pregunta Borrell maliciosamente—. El superior liderazgo de los candidatos territoriales no les bastó para mejorar los resultados a nivel nacional, lo que no les ha impedido ser los más agresivos en la crítica”.

Por último, conviene recordar el papel del comité federal tras el 20D: Borrell explica (pág. 99 y siguientes) que, pese a los malos resultados y tras perder el PP la mayoría absoluta, Sánchez propuso un “Gobierno de progreso”; Susana Díaz le recordó que la competencia para tales pactos correspondía al comité federal, pero tras aquel recordatorio atinado la presidenta andaluza estableció la línea de ambigüedad que ha terminado de mala manera: en aquella ocasión, “Díaz insistió –escribe Borrell- en que los socialistas no tuvieron en España ´la confianza mayoritaria’ y que había que respetar ‘lo que dice la democracia’. Aunque al mismo tiempo también recordó que el PSOE no puede apoyar ‘ni a Rajoy ni al PP, porque han hecho muchísimo daño y además es nuestro compromiso, la palabra que hemos dado a los ciudadanos’ ”. Era una manera indirecta de defender el “no es no”, una tesis del comité federal que no fue rectificada… O mejor, y como ha quedado explicado más arriba, que nadie se atrevió a rectificar.

El recuerdo textual de que fue Susana Díaz quien formuló de este modo el ‘no es no’ lleva inevitablemente a la conclusión que ya sospechábamos: que en la defenestración de Pedro Sánchez el pasado primero de octubre había bastante más que puritanismo ideológico: la ruptura ha sido el fruto de una perversa ambición, que las bases, en virtud de las primarias, se están viendo obligadas a gestionar poniendo a cada cual en su sitio. Sería muy difícil de creer que, después de haber llegado hasta aquí, la militancia socialista abdicara de sus convicciones y entregara graciosamente el poder a quien no lo ha merecido, ha roto las reglas de juego y ha demostrado de paso su insolvencia intelectual, su falta de un verdadero discurso capaz de impulsar un proyecto renovador, inteligente, adaptado a los acontecimientos globales y válido en todo el Estado.

Te puede interesar...

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.