“La candidatura de Donald Trump ha estado desde el principio relacionada con la incertidumbre no sólo a nivel económico, sino también de política exterior y de defensa. A apenas tres días de celebrarse las elecciones presidenciales, en las que las probabilidades de que gane han crecido hasta un 25 %, según los pronósticos más optimistas, lo que puede ocurrir el miércoles en las bolsas se equipara al impacto del Brexit en Europa el pasado mes de junio y la palabra más mencionada ante esta posible situación es riesgo”. Quien así se expresa es la investigadora de The Hispanic Council, Inés Royo.

Está claro que los mercados prefieren la previsibilidad. Son alérgicos a la sorpresa. Pero el miedo que existe y que se ha visto reflejado en las cotizaciones de los parqués mundiales estos días va más allá de que puedan cambiar las reglas del juego económicas. Lo que preocupa es la inestabilidad política y, cómo no, la legitimidad. En el último debate presidencial, Trump soltó que solo reconocerá los resultados si le son favorables. Una afirmación que, en un país que ha sido ejemplo de libertad y democracia para muchos otros provoca, cuanto menos, desasosiego. En este sentido, no parece descabellado pensar que un presidente que venciera por muy pocos votos después de haber polarizado el debate durante toda la campaña, generaría fuertes tensiones. No sabemos si será el caso pero, mientras tanto, las bolsas han encendido las alarmas.

Política comercial

Una de las propuestas más controvertidas de Trump es la de anular tratados de libre comercio como el suscrito por su país hace más de 20 años con México y Canadá porque, a su juicio –también el Acuerdo de Asociación Transpacífico– ha influido de manera negativa sobre la economía estadounidense, al haber propiciado las deslocalizaciones de muchas empresas. Además, pondría fin a las complejas y dificultosas negociaciones del TTIP con la Unión Europea. El candidato republicano apuesta por aumentar de forma considerable los aranceles a los productos extranjeros, en especial a las mercancías chinas y a las manufacturas mexicanas y no hay que olvidar que el principal comprador de productos made in Germany es Estados Unidos.

“Vivimos un fuerte debate sobre la globalización”, comenta el profesor titular de Análisis Económico de la Universidad de Valladolid, Ángel Martín Román. “La mayoría de los economistas asume que el comercio internacional y el librecambismo son buenos porque promueven el crecimiento y el bienestar de la media de la población, lo que ocurre es que hay personas que pierden. En los países desarrollados, ganan los trabajadores con rentas altas y pierden aquellos con baja cualificación porque las producciones se trasladan a estados con menores costes laborales”. Trump, al haber abrazado el discurso electoral del proteccionismo, busca el apoyo de esos americanos que han experimentado la cara menos amable de la globalización, pero corre el riesgo de causar una guerra comercial y, de paso, de obstaculizar la cooperación internacional en cuestiones como el yihadismo. Es paradójico que quien se lleva los votos de ese grupo de ciudadanos sea un multimillonario. Y, desde luego, ninguno de los dos aspirantes a la Casa Blanca entra a fondo en el debate real: cómo se podrían distribuir de forma más equitativa las ganancias que proporciona el libre comercio, en especial para que los menos afortunados puedan disfrutar de servicios sociales.

Política fiscal

El candidato ha repetido que recortará impuestos a todos los estadounidenses, en especial a la clase media y a las empresas. Aquí, sí, Trump está en sintonía con el ideario liberal de su partido, que propugna un Estado fuerte pero pequeño, dedicado a la defensa de la propiedad, la seguridad, la justicia y la obra pública. No es tan radical en este aspecto, no obstante, como el líder de la formación republicana en el Congreso, Paul Ryan. La reducción de impuestos, sin embargo, recortaría la capacidad de financiar el Estado y no parece que fuera a ayudar a su promesa de reducir la deuda nacional en dos mandatos, más bien al contrario.

Entre las ideas del magnate está reducir los tramos impositivos de los siete que existen actualmente en Estados Unidos a tres o cuatro. Algunos analistas aplauden esta medida porque la justifican en el aumento de la eficiencia que supondría, al hacer más fácil de gestionar la recaudación, pese a tratarse de un modelo menos equitativo. De igual forma, sus propuestas de establecer un máximo en los impuestos que paguen las empresas, sea cual sea su tamaño –para aumentar su competitividad, argumenta– y de rebajar de forma significativa o eliminar el impuesto de sucesiones –además de que el máximo a tributar por el IRPF se reduzca del 39,6 % actual al 33 %–, van en paralelo a esa noción de un Estado que deje las políticas sociales en manos de donaciones, fundaciones y, en definitiva, de la beneficencia privada. Es la visión opuesta a la europea, especialmente la escandinava, precisamente el patrón hacia el que la mayoría de los economistas españoles aconseja converger. Los países nórdicos tienen datos de bienestar muy elevados a pesar de que sus ciudadanos soportan una alta carga fiscal.

Trump ha dicho que los subsidios y la Seguridad Social desincentivan a las personas a buscar empleo. Los ingresos medios de los estadounidenses que trabajan a tiempo completo son menores que hace cuatro décadas y se calcula que los salarios reales –con los ajustes de la inflación– de las clases con menos poder adquisitivo son hoy los mismos que hace 60 años a pesar de que en ese tiempo el PIB de Estados Unidos se ha multiplicado por seis.

Las regulaciones y la FED

“Si los mercados funcionaran bien, de manera competitiva y eficiente, no habría que regular”, comenta el docente de la Universidad de Valladolid. “En cambio, si aparecen fallos y, por diferentes motivos, no funcionan, el Estado debería establecer normativas”. Porque, además, ¿qué pasa con el riesgo moral? Los bancos, al ver que el Estado los iba a salvar y, en consecuencia, no iban a quebrar, han podido haberse comportado de manera más arriesgada, otorgando, por ejemplo, préstamos cuestionables. Así las cosas, la necesidad de regulación parece clara, el tema es cuánta y cuándo. Y, sobre todo, se antoja esencial pensar que, si hablamos de hacer cumplir la ley, son precisos los órganos reguladores.

En este aspecto, Clinton simpatizaría con una óptica liberal moderada, la predominante en Europa –donde la mayoría de economistas comparte que el Estado ha de complementar la actuación de los mercados a la hora de asignar recursos– y Trump con una liberal más radical, ilustra Ángel Martín. Incluso, anarcoliberal en el sentido ya apuntado de un Estado que se ocupe tan solo de la seguridad, la defensa, la justicia y las obras públicas. Sobre este último particular, el magnate –que no quiere tocar las pensiones– pretende incrementar el gasto público en un billón de dólares para construir infraestructuras que supongan un aumento en varios millones de los empleos –en un país cuya tasa de paro no llega al 5 %–, mientras que Hillary Clinton apuesta por engordar la inversión en este ámbito en 275.000 millones de dólares en cinco años.

La demócrata defiende mayores regulaciones dirigidas al sector bancario, en sintonía con la Reserva Federal, mientras que Trump ha sido muy crítico durante toda su campaña con la presidenta de este organismo, Janet Yellen. En una de sus intervenciones de campaña se mostró incluso partidario de que el país suspenda pagos si es necesario, de manera que pueda refinanciar su deuda. Una victoria del republicano llevaría a Yellen a salir de la FED antes de que acabe el año.

El modelo de Reagan y Thatcher

Ronald Reagan y Margaret Thatcher introdujeron en los gobiernos que lideraron una visión liberal de la economía. Donald Trump es, hasta ahora, autor de declaraciones –muchas de ellas contradictorias– que van en esa misma línea –salvo en lo referente al libre comercio– pero es una incógnita en qué se traducirían las intenciones que ha manifestado si accediera a la presidencia. El aumento del gasto público en Estados Unidos con Reagan provocó un déficit al que debieron hacer frente Bush padre y Bill Clinton. “Aunque parezca mentira, las administraciones demócratas han conseguido mejores resultados para la economía norteamericana y mayor crecimiento, como demuestran estudios de varias universidades estadounidenses”, señala Martín Román.

Moody’s, sin ir más lejos, ha calculado en 3,5 millones de puestos de trabajo y una prolongada recesión en el país los costes de las propuestas económicas de Trump. Algo similar opina el think tank Peterson Institute, para el que las decisiones del republicano costarían 4 millones de empleos y la recesión. No obstante, la última palabra la tiene el Congreso de Estados Unidos, que debería aprobar las propuestas económicas y sobre todo fiscales del presidente y no son pocos los líderes republicanos que han cuestionado a su candidato.

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