“Tener que pensar ahora, al cabo de tantos, tantísimos años, que en el fondo fuimos mejores por carta”. La primera frase que aparece en la contraportada de una ya antigua edición en Alfaguara de La amigdalitis de Tarzán –volumen que conservo y que he recomendado y prestado– es un buen sumario de la novela de Alfredo Bryce Echenique. También podría serlo –el texto de A. R. Gurney me ha recordado, indefectiblemente, esa reflexión– de la obra que reúne hasta el 23 de octubre, en los Teatros del Canal, a dos de los mejores actores españoles actuales, Julia Gutiérrez Caba y Miguel Rellán, dirigidos por David Serrano: Cartas de amor.

Temas como la soledad, la suerte, las oportunidades e ilusiones perdidas, la enfermedad y, en definitiva, la vida, saltan a una sencilla escenografía –un largo sofá y pequeñas luces de fondo– desde dos cajas llenas de cartas. Las que cada uno de los personajes, Melissa y Andrew –Andy– escribiera y enviara al otro. Misivas que lee cada remitente de un intercambio epistolar que se inicia en 1937 entre dos niños de familias del mismo barrio, con conocidos y amigos comunes.

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Así, de mensajes infantiles cortos y directos –más parco y también más pillo él, más descriptiva ella, que de vez en cuando incluye dibujos– vamos pasando a apuntes sobre decepciones como la separación de los padres de Melissa, un hecho que conducirá a un nuevo enlace de su madre y al nacimiento de dos hermanos por parte de padre que ella acude durante unas vacaciones a conocer llena de buenas vibraciones para acabar constatando que, en vez de dos familias, no tiene ninguna… A los consejos del padre de él, a quien Andy está bastante unido, que le anima a escribir porque las cartas “son una forma de presentarse a uno mismo”. Al inicio de las visitas de ella al psiquiatra y, a pesar de la insistencia de él, a su declarado nulo interés en tener novio. Voces de dos adolescentes sobre el papel, ambos contra ese mundo de adultos que es “una mierda” y frente a esa “vida aleatoria que apesta”, sobre todo cuando la madre de Melissa comienza a beber.

Y llega la primera pelea. Los primeros silencios de buzón vacío. Pero, también, las reconciliaciones, esos “pienso que me voy a volver loca si no te tengo para agarrarme a ti”, “me porto mucho mejor cuando estás cerca” y un primer encuentro de fin de semana en un hotel del que ambos habrían esperado algo diferente porque se han forjado un tú y un yo, razonan, a través de las letras. El tú y el yo que consideran verdaderos. “No eres el mismo cuando te veo”, “sé más cosas de ti por estas cartas que por conocernos en persona”, se dicen.

Asistimos después a la frialdad de él tras enrolarse en la Armada y establecerse en Japón, al modo del Pinkerton de Madame Butterfly, para escándalo de su ‘privilegiado’ círculo en Estados Unidos. Y a la boda de ella antes de que Andy regrese a su país y, mientras estudia Derecho en Harvard, le explique que las leyes son “las cartas que la civilización se escribe a sí misma”. Melissa pronto inaugura exposición y, pese a que, antes o después, “todo el mundo viene a Nueva York”, pasa el tiempo y no se ven. Un desencuentro que continúa cuando ella se divorcia y Andy se casa. Y cuando ella pierde la custodia de sus hijas por su alcoholismo y él se revela como un padrazo de tres varones. Su vida parece transitar por caminos mucho más estandarizados y hasta tópicos, con su entrada en política tras haberse fogueado en un bufete de abogados. Estamos en 1976 y los dos coinciden en que intentar resolver problemas viajando al pasado no sirve.

Hasta que, 45 años después, ella le escribe, por primera vez, “amor mío”. Se han perdido medio siglo pero Andy, flamante senador para entonces, no quiere divorciarse. Las luces se van apagando. ¿Hubiera funcionado? “Siempre fuimos en direcciones opuestas”, deja caer Melissa, igual que vuelve a dejar caer una más de las hojas de tantas cartas leídas que, esparcidas por el suelo, recuerdan un otoño llegando a su fin.

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A. R. Gurney escribió la obra, estrenada en 1998, hace tres décadas y con ella fue finalista de los Premios Pulitzer. En 1999, Stanley Donnen rodó una película, antes y después de que grandes actores la interpretaran en Broadway. Su autor nunca imaginó tanto éxito con un montaje teatral de un texto que primero concibió como novela y que es, como reconoce el director, David Serrano, una lectura dramatizada en la que Gutiérrez Caba y Rellán están soberbios. Un espectáculo sencillo y muy aplaudido que disecciona una relación entre dos amigos y que trata, por encima de todo, de la vida. Una vida en la que, a veces, somos mejores por carta.

Autor: A. R. Gurney

Adaptación y dirección: David Serrano

Intérpretes: Julia Gutiérrez Caba y Miguel Rellán

Escenografía: Mónica Boromello

Iluminación: Ion Aníbal

Dirección de producción: Ana Jelin

Producción ejecutiva: Lola Graiño

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