• El proceso electoral y el propio 'brexit' se han contaminado además por la oleada de acciones terroristas del Estado Islámico en el Reino Unido
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Theresa May, primera ministra de Reino Unido

Si el candidato laborista hubiera sido un personaje más abierto, más socialdemócrata a la manera tradicional, más centrista podríamos decir, hubiera ganado probablemente estas elecciones innecesarias en que los tories en general y Theresa May en particular querían afirmar su hegemonía para gestionar la ruptura con Europa….Un proceso que al principio nos pareció a todos los europeístas un horror pero ahora se nos antoja estimulante a muchos de quienes nos damos cuenta de que la parálisis de la Unión Europea venía dada en gran medida por la oposición sistemática de Londres a cualquier avance. Por algo De Gaulle, aquel gran visionario, se negaba cerradamente a incorporar al Reino Unido al proyecto europeo.

Lo cierto es que May no ha conseguido la mayoría absoluta como esperaba, que estamos en situación de “hung Parliement” (podría traducirse como ‘parlamento colgado’) en que las decisiones requieren acuerdos interpartidarios y son difíciles de lograr. Y aunque logre un acuerdo más o menos estable con los unionistas del Ulster, es evidente que no tendrá manos libres para llevar a cabo la laboriosa ruptura. Ello, por un lado, puede ser positivo por la otra parte (los 27) porque la situación en posición de inferioridad, pero, por otro lado, genera evidentes dificultades ya que quien tiene problemas para determinar su propia posición es siempre un mal negociador.

El proceso electoral y el propio ‘brexit’ se han contaminado además por la oleada de acciones terroristas del Estado Islámico en el Reino Unido, que vive en situación de emergencia. El carácter insular del país, que lo ha protegido históricamente de invasiones e influencias, agudiza los efectos psicológicos de esta agresión, que los británicos resisten con creciente preocupación. En poco más de dos meses, el Reino Unido ha sufrido tres ataques terroristas con un saldo de más de treinta muertes y varias docenas de heridos: el 22 de marzo morían cuatro personas en las inmediaciones del parlamento de Londres, el 22 de mayo morían otras 22 personas a las puertas del Manchester Arena y este pasado domingo caían abatidas siete personas en un céntrico puente de Londres. El atentado más grave que sufrió con anterioridad el Reino Unido fue en 2005, no mucho después del 11-M español, en el transporte de Londres, que costó 56 vidas.

Y aunque los demócratas tenemos que resistirnos a buscar motivaciones racionales a la acción de los terroristas de todo pelaje y condición (las matanzas indiscriminadas siempre son por definición irracionales), es inevitable relacionar esta escalada de violencia con las vicisitudes políticas del país, que ha optado por una radical ruptura con la Unión Europea, que durante años fue su residencia natural en el sistema de las relaciones internacionales. De hecho, una de las razones principales de que May no haya obtenido un resultado más amplio ha sido la cuestión de la seguridad, ya que la primera ministra fue ministra del Interior entre mayo de 2010 y septiembre de 2016, y durante su mandato, los recortes realizados por su gobierno repercutieron en la reducción de casi 20.000 policías. Corbyn, lógicamente, ha hurgado en esa herida, que debe haberle reportado frutos, aunque May ha contraatacado con el argumento de que los laboristas siempre se han opuesto al endurecimiento de las leyes antiterroristas.

La realidad es que el ‘brexit’, que posee un indudable componente introspectivo, contrario a la libre circulación de personas y tendente a limitar el acceso al país de toda clase de inmigrantes (incluidos los comunitarios), no protege necesariamente de la irracionalidad del ISIS, de la brutalidad de las hordas que han terminado creando una relación enfermiza con la xenofobia, el proteccionismo y el populismo. Por lo que ocurre en el mundo anglosajón –el Reino Unido y los Estados Unidos—, cabe alentar el temor de que la embestida radical del fanatismo islamista acabe deteriorando si no la democracia, sí el estilo de vida, la sociedad abierta, que hemos practicado los países occidentales, impeliéndonos hacia proteccionismos que son en realidad una exacerbación del miedo. Todas estas cuestiones generarán sin duda una ardua polémica en el Reino Unido, que dificultará la toma de posiciones, y quién sabe si provocará otro referéndum.

La lucha contra el terrorismo –y España tiene larga experiencia— requiere, qué duda cabe, legislaciones estrictas que, sin coartar las libertades civiles, den facilidades a las fuerzas de seguridad para realizar su tarea con posibilidades de éxito. Pero en la práctica, de poco sirve alzar elevados muros en las fronteras porque siempre encontrará el fanático la forma de saltarlos: lo realmente eficaz es disponer de unas policías y unos servicios secretos bien adiestrados y con medios suficientes para detectar los focos de irradiación del fanatismo, las sedes del proselitismo, los inputs digitales a los que acude el potencial terrorista para recibir consignas, adiestrarse, exaltarse todavía más. La discreta actuación de las policías españolas es modélica, y desde aquel infausto 11-M de 2004 han trabajado con una dedicación y una intensidad que han tenido reconocimiento mundial. Naturalmente, es preciso también que se produzca un intercambio automático de información en esta materia entre las policías de nuestro entorno con el fin de establecer una coordinación eficaz. Ni la demagogia de Trump ni el populismo de los nacionalistas británicos son la respuesta. Al contrario: sus fórmulas fracturan la sociedad libre, debilitan el coraje de las sociedades, envalentonan a los fanáticos, juegan en definitiva a favor de los intereses del ISIS, que capan a sus anchas por el miedo, la desorientación y el desconcierto de sus víctimas. En el fondo, esas víctimas son las que han generado la inquietante inestabilidad en el parlamento británico.

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