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Walden o la vida entre facturas y préstamos rápidos

Por desgracia, muy pocos sabemos vivir cómo Henry David Thoreau (1817-1862) y apostar por acampar modestamente en una cabaña, construida con nuestras propias manos, frente a una laguna llamada Walden, nutrirnos de lo que nos regala la tierra y sin albergar demasiados deseos de riqueza.

Puede que algunos conozcan el trabajo de este escritor norteamericano que ya en 1845 en su obra titulada “Walden, la vida en los bosques” dijo a las claras que la sociedad, tal y como estaba concebida, no le gustaba, pues ésta condenaba al ser humano a vivir como una máquina que solo tenía tiempo para amasar dinero, fortuna y contemplar escasos amaneceres. Sin embargo, es difícil refrendar con nuestro comportamiento las ideas que se desprenden de este libro que hoy sigue acunando los sueños de los ecologistas contemporáneos. Pues sí, resulta complicado imitar su modelo de vida sobre todo cuando las facturas se acumulan en el buzón y nuestra nómina acaba exhausta tras abonar los consabidos pagos mensuales.

Walden o la vida entre facturas y préstamos rápidos

Lo cierto es que nuestra sociedad actual ya la pinceló en pañales Thoreau en su libro y ésta no ha hecho más que evolucionar hacia la madurez. El poder del mercado, el consumismo y el capitalismo vivían su juventud cuando el escritor se decidió a criticarlas en su ensayo, pues, según preconizaba él, necesitamos bien poco para vivir, pero nos empeñamos en todo lo contrario.

Sin embargo, con Thoreau no habría cine, ni novelas, ni teatro ni una editorial mísera que publicase sus obras, ni médicos a la vera de un enfermo si todos nos arrojásemos en brazos de esa vida contemplativa y feliz que describe en su libro.

Por lo tanto, continuamos recibiendo gustosos nuestras nóminas y cuando ésta no alcanza para todo, pues se pueden originar gastos sobrevenidos como la reparación de un coche o una avería en el hogar, quizás además de contar con la filosofía del escritor estadounidense en nuestra mesilla de noche, nos reconforta encontrar empresas que nos concedan un préstamo rápido. Es decir, que en tan solo unos minutos irrumpe en nuestra cuenta corriente la cantidad solicitada para apaciguar a nuestros acreedores o salir de un aprieto coyuntural.

Los préstamos rápidos, además, se han erigido en una vía para dar esquinazo a la burocracia de los bancos que cada día son más reacios a concedernos crédito. De este modo, podemos obtener una suma que no excederá de los 500 euros y que habremos de devolver treinta días después.

De hecho, Internet está plagada por muchas empresas del gremio que nos ofrecen una liquidez instantánea y que es posible solicitar de forma sencilla y rápida a través de SMS, de forma online o con una llamada telefónica.

Así, resulta sencillo tramitar su solicitud en Internet, dado que muchas de estas empresas, como Cashper o sucredito.es, cuentan con el sello de Confianza Online que garantiza la confidencialidad y seguridad en la gestión de los datos de los clientes. Por lo tanto, es recomendable cotejar que este sello se encuentre presente antes de lanzarnos a la tarea.

Además, carece de importancia el que pese sobre nosotros la lista Asnef, que encuadra a todos aquellos que tengan deudas pendientes y que se ha erigido en la Biblia que todos los bancos consultan antes de conceder un préstamo a un particular. Así, las compañías prestamistas no se rigen por ella, quizás porque son conscientes de que éstas en muchos casos pecan de injustas al incluir en sus listados a personas que tienen entablada una legítima disputa con una empresa como las de telefonía.

En definitiva, puede que Thoreau no esté muy de acuerdo con tu modo de vida y que menee la cabeza para reprenderte por poseer un coche y un trabajo alienante, pero quizás puedas colar un poco de su filosofía en tu vida si, de vez en cuando, te detienes para pasear por el bosque, te hartas a amaneceres o a disfrutar simplemente contemplando el trabajo de las hormigas en verano durante la pausa de un libro. Sí, se puede emular al protagonista de ese libro y seguir pagando facturas, ¿verdad?

Imagen desde shutterstock

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