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La morosidad no cede

Si lo pensamos con cierta frialdad, algo difícil ya que la morosidad hipotecaria encierra también verdaderos dramas humanos, el hecho de que hayamos alcanzado al cierre del pasado semestre con cotas históricas en la morosidad dentro de los créditos hipotecarios (un 5% que supone el mayor nivel de la actual serie histórica iniciada a finales de la década de los 90 del pasado siglo) tiene una lógica relativamente simple, y una curva de sucesos a lo largo de los últimos siete años que, además, no parece haber tocado fondo.

A fecha de hoy, prácticamente todos los analistas se ponen de acuerdo en atribuir un factor esencial a este crecimiento de la morosidad hipotecaria; el agotamiento de todos los recursos puestos en marcha a lo largo de los últimos años por las familias endeudadas que, tras agotar todos los subsidios y prestaciones existentes, y en situación de desempleo, han procurado por todos los medios hacer frente siempre en primer lugar a las hipotecas, hasta que, obviamente, la acumulación de ausencia de ingresos les impide seguir adelante.

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La morosidad de los créditos hipotecarios disparada

Es una realidad palpable del ciudadano medio español antepone el pago del crédito hipotecario prácticamente a cualquier otra obligación, sin embargo, la realidad es tozuda, y también ya es palpable el hecho del agotamiento total financiero de buena parte de los parados de larga duración en nuestro país.

En el otro polo, pero igualmente en la misma situación, se encuentra la morosidad de los créditos a promotoras inmobiliarias. Y decimos en el otro polo ya que debemos tener en cuenta que esta morosidad se agravaba durante el primer trimestre de 2013  nada más y nada menos que superando el 31%. Es evidente, que en esta cifra, no han influido en absoluto, o desde luego no lo aparenta, cuestiones como la eliminación de los activos tóxicos a favor de SAREB, generando un impago que aún ando promotoras, inmobiliarias y constructoras supera los 80.000 millones de euros.

En definitiva un auténtico panorama desolador que viene a combinarse con, lo que parece más lógico, una caída en picado de la solicitud de créditos hipotecarios que lo sitúa en lo que a demanda se refiere a niveles anteriores al comienzo del presente siglo.

 

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