¿Quién lidera las cortes generales? ¿Qué leyes se han promulgado en el último mes? ¿Para qué sirve la Mesa del Congreso de los Diputados? Imagínese un examen así para determinar si está usted capacitado o no para votar en las próximas elecciones generales. Esta es la peligrosa propuesta de Jason Brennan, un filósofo que, en tiempos revueltos para el sistema democrático, propone dar un poder político de voto distinto a cada persona en función de sus conocimientos. Una élite seleccionando a otra élite para que nos gobierne

Si el despotismo ilustrado proponía que los gobernantes hiciesen su trabajo sin consultar a los ciudadanos (todo para el pueblo, pero sin el pueblo), la idea de Brennan se sitúa en un estadio inferior. Gobernar para el pueblo, pero consultando únicamente a los más preparados, dado que el votante medio suele estar mal informado o desconocer la información política básica. En una entrevista con La Vanguardia, el filósofo señala que “la calidad de los políticos refleja la calidad del electorado. Si los votantes fueran personas informadas, desapasionadas y cuyas mentes funcionaran de una forma científica, entonces los políticos se molestarían en darles toda la información”.

Errores como el Brexit o la elección de Donald Trump, dice el profesor de la Universidad de Georgetown, no se hubiesen producido bajo la epistocracia que propone. Para Brennan, el principal error de la democracia es que “se incentiva a las personas a no pensar políticamente” mientras que, al mismo tiempo, “se les requiere que tomen decisiones complicadas”. “Mejorar la toma de decisiones, aunque sea un poco, puede tener mucho impacto”, concluye en su entrevista.

Brennan vende como ‘impacto positivo’ la expropiación del derecho a voto a millones de ciudadanos. Solo votarían las élites, tanto económicas como intelectuales, pues, por norma general, a mayor nivel adquisitivo, mayor nivel cultural. Unas élites que, aunque pretendan lo contrario, desconocen las necesidades de las clases más bajas. Restringir la democracia ha tenido resultados catastróficos en la historia. La excusa de que solo voten los más capaces, las prendas de incorrección política con que este movimiento quiere arroparse y la necesidad de revivir al superhombre ideado por Nietzsche no es más que otro intento de implantar el fascismo en el siglo XXI.

Brennan, por supuesto, no habla en términos negativos de la epistocracia. Y tampoco se le ocurre mencionar la palabra fascismo. Sin embargo, Bertrand Russell, el pensador del siglo XX del que ya hemos hablado en otras ocasiones, aclara en su obra Elogio de la ociosidad lo que es el fascismo. Comprobarán rápidamente las similitudes: “(…) es antidemocrático en su sentido más fundamental. No acepta la mayor felicidad del mayor número como principio justo de gobierno, sino que elige ciertos individuos, ciertas naciones, ciertas clases, como ‘los mejores’ y como únicos merecedores de consideración. Los demás están para que se les obligue por la fuerza a servir los intereses de los elegidos”. ¿Acaso alguien cree, a estas alturas, que despojando a los pobres de su voz alguien les tendrá en cuenta?

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