El problema catalán todo lo contamina, y es claro que la intentona golpista del nacionalismo separatista, incruenta pero de indudable relevancia penal, ha enrarecido dramáticamente la política de este país. Pero estos acontecimientos potentes e inquietantes, que todavía no hemos embridado ni mucho menos orientado hacia una solución, no pueden ocultar que existe una profunda crisis en el sistema de organización estatal, que no ayuda en nada a solventar los contenciosos periféricos.

De hecho, la política general, con la sola excepción catalana, está paralizada. El tiempo pasa deprisa. La legislatura actual, que nació tras un laborioso parto y que aún no ha llegado a su ecuador, se da casi por amortizada (el sistema cuatripartito no es funcional, ni aportará progreso alguno porque los actores no tienen magnanimidad suficiente para gestionarlo creativamente). La corrupción no cesa (en los últimos días, el aparatoso ‘caso Cifuentes’ se ha mezclado con la caída del alcalde socialista de la desafortunada ciudad de Alicante, sustituido por un miembro del PP gracias a una tránsfuga). 2018 no es año electoral (salvo quizá en Cataluña, obviamente) pero las formaciones políticas han empezado a tomar posiciones con vistas a un 2019 en que habrá elecciones europeas el 26 de mayo, así como municipales y autonómicas por las mismas fechas, quizá ese mismo día.

Pues bien, tales preparativos, que la derecha escenifica en forma de guerra cainita entre las dos facciones, han comenzado pésimamente para la izquierda, que mantiene una vida lánguida y sin demasiadas expectativas, a pesar de que el Partido Popular, que gobierna en minoría, no se está luciendo en Cataluña —la carga está siendo soportada a escote por las formaciones constitucionales— ni consigue sacar adelante proyecto alguno, de modo que la parálisis legislativa es tan exasperante como decepcionante para quienes esperaban la llegada de un tiempo nuevo con el fin del bipartidismo. Frente a la decadencia del partido de Rajoy, tan sólo Ciudadanos levanta cabeza, sin acabar de materializar claramente el sorpasso, pese a que se ha definido ya como una organización de centro-derecha, con la intención, seguramente, de convertirse en la formación hegemónica del hemisferio conservador. La derecha nacionalista catalana, que solía ser necesaria para completar la mayoría conservadora en el Estado, está evidentemente en otras cosas, y esta ausencia podría favorecer una opción de izquierdas… si las dos formaciones de ese signo no estuvieran sumidas en la más desazonante[SG1]  precariedad.

La situación del PSOE es conocida, aunque no siempre se destaquen los elementos fundamentales que realmente configuran la esencia de su crisis. Un sector mediático históricamente vinculado a la progresía de este país sostiene tozudamente que la radicalización del actual equipo de dirección es la causante de la defección de parte de su clientela, que habría emigrado a Ciudadanos. El sofisma que encierra esta tesis es evidente porque no se ha producido un viraje ideológico a babor que saque al socialismo del centro moderado, en el que residió en tiempos de González e incluso de Zapatero. Lo que ha ocurrido es que, por una parte, Sánchez y la mayoría política que le acompaña, con buen criterio, se han negado siempre a formalizar una “gran coalición” con el PP, entre otras razones porque la experiencia alemana, que es ciertamente remota pero que puede servir de pauta, indica a las claras que tal fórmula abona los extremismos populistas (en Alemania, el primer partido de la oposición es ya el neonazi ‘Alternativa para Alemania’, AfD). Y, por otra parte, un sector minoritario del partido socialista no aceptó estos puntos de vista, dio un golpe de mano en toda regla que perdió, y hoy, cuando de nuevo los militantes han repuesto la dirección derrocada, los disidentes siguen sin reconocer la regla democrática de la mayoría, lo que debilita a un partido que ya salió como es lógico muy desgastado de la crisis interna.

El problema del PSOE consiste, por decirlo simplificadamente, en que la presidenta de Andalucía (como algunos otros barones disidentes) pretende negociar directamente con Rajoy la reforma del sistema de financiación autonómica, de espaldas a Ferraz. No en que Sánchez se siga negando como es natural a apoyar unos Presupuestos Generales del Estado que responden a una concepción ultraliberal del Estado, que mantienen la debilidad de los servicios públicos tras la crisis y que descartan definitivamente la indexación de las pensiones con el IPC. El electorado tiene derecho a constatar que en la política española existe más de una opción de gobierno posible y que los problemas que tenemos abiertos pueden resolverse mediante al menos dos soluciones distintas.

La demagogia sobre la imaginaria deriva del PSOE proviene de la propia izquierda, y no han faltado —por ejemplo— críticas interesadas a una insinuación del PSOE a Manuela Carmena que, en abstracto, significaba nada menos que un intento de aproximar sensibilidades cercanas, hoy distanciadas por escrúpulos sectarios.

La otra organización de izquierdas, Unidos Podemos, tampoco goza de buena salud. El pacto de Podemos con Izquierda Unida, contrario a la esencia populista del partido teorizada por Errejón, elimina la noción de transversalidad e imposibilita la unidad interna, al tiempo que confina al partido en el remoto confín, de proporciones limitadas, que siempre ocupó Izquierda Unida. Está por ver si Errejón acabará siendo candidato en las autonómicas madrileñas (hay razones para dudar que consiga superar todas las zancadillas que le harán), pero es muy difícil que la opción que representa pueda conciliarse con el proyecto que Pablo Iglesias lucirá en la política estatal. El techo de Podemos es el que marca su propia e insoluble contradicción.

 

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Sobre El Autor

Antonio Papell

Spanish Journalist and Writer. Periodista y escritor español.

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