Nos hicieron creer que no estábamos hechos para este mundo, que solo los cerebros orientados a la ciencia tendrían un hueco en el feroz mercado laboral. Nos hicieron creer que sus métodos educativos, esos que consistían en obligarnos a aprender los nombres de todos los autores del Siglo de Oro y sus obras (pero sin leer ninguna, o muy pocas) y en desmenuzar frases sin sentido como carniceros morfosintácticos nos libraría del tedio de un sistema educativo finalista. ¿De qué sirven las palabras, las Humanidades, si el futuro va a ser regido por robots, drones y ordenadores?

Muchos pasamos por la escuela sin pena ni gloria. A algunos nos encantaba leer y escribir. Sobre todo escribir. Nuestra cabeza era incapaz de memorizar cifras, fórmulas, e incluso éramos unos completos ineptos a la hora de realizar esos análisis morfosintácticos del demonio. Pero seguíamos escribiendo mejor que el resto de compañeros. No confundíamos la ‘v’ con la ‘b’; sabíamos dónde colocar las tildes; respetábamos, como si hubíesemos firmado un pacto con la RAE, esa norma de no separar sujeto y predicado con una coma, y utilizábamos la coma elíptica antes incluso de saber que se llamaba coma elíptica.

Algunos publicamos cuentos en el periódico del colegio a una edad muy temprana. Nadie nos enseñó a escribir, aún éramos jóvenes para comprender eso de inicio, nudo y desenlace. Pero teníamos algo ahí dentro, una sensibilidad especial, un gusto por las historias de los otros, un esquema mental distinto, una infancia a la luz del aburrimiento y unos veranos fríos, sin amigos, en el pueblo, donde afortunadamente aún no llegaba Internet y sus distracciones.

Algunos escribíamos historias porque sí. Las escribíamos, las leíamos mil veces y las tirábamos a la basura. Porque nos avergonzábamos, porque nos quemaba su presencia y porque la historia, en realidad, debía quedar en la más estricta intimidad, encerrada dentro de nosoros mismos, lejos de los ojos de los curiosos. Eso pensábamos entonces, cuando nos daba miedo abrirnos en canal y verter sobre la hoja unas gotas de nuestro  interior.

Algunos crecimos así. Sabíamos hacer algo, pero era inútil. ¿Escribir? A quién le importa eso. No te ibas a ganar la vida así. En la escuela nunca nos animaron a profundizar en la escritura. Si no cometías faltas de ortografía y sabías estructurar bien un mensaje, enhorabuena por ti, los dictados te serían más sencillos de realizar, pero nada más.

Afortunadamente, algunos tenemos una familia, unos padres, que algo se olían. Apostaron por empujarnos hacia una carrera de letras. Acabamos periodismo, otros comunicación audiovisual, algunos hicieron cortos, otros escribieron versos, comenzaron a escribir sus libros, etc. Con las letras lo pasábamos bien. Al fin servía de algo no haber servido de nada en la escuela. Nos servía para llenarnos, para inundar un vacío, para satisfacer unas necesidades que van más allá de lo material.

Ahora, años después, el folio sigue siendo nuestro amigo. Ahí nos confesamos, nos perdonamos. En ese abismo en blanco nos colgamos cuando todo lo que hay fuera nos asfixia. Entre unos márgenes tallamos lo que nos duele, lo que añoramos, lo que no sabemos expresar de otra manera. No nos sirvió de nada. Nadie vio lo que éramos capaces de hacer con un lápiz y un papel. Los nombres de los que escribimos solo para nosotros pasarán desapercibidos entre los otros, como una lágrima en un funeral. Pero seguiremos haciéndolo, porque es lo que nos queda, nos gusta y lo que debemos hacer.

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