Cuando Michelle Bachelet, la actual presidenta de Chile, abandone el cargo en marzo, no habrá más mujeres al mando de ningún país en América Latina. Parece que, al menos a corto plazo, no se volverá a vivir un escenario como el de 2014, cuando cuatro mujeres presidían distintas regiones: Laura Chinchilla, en Costa Rica; Cristina Fernández, en Argentina; Dilma Rousseff, en Brasil; y Bachelet, en Chile.  Anteriormente, ostentaros cargos de poder en la región Violeta Chamorro, presidenta de Nicaragua (entre los años 1990 y 1997); Mireya Moscoso, presidenta de Panamá (1999-2004); Michéle Pierre-Louis, primera ministra de Haití (2008-2009); Portia Simpson-Miller, primera ministra de Jamaica (2012-2016) y Janet Jagan, primera ministra de Guyana (1997-1999).

América Latina ha aprovechado las leyes de acción afirmativa (o discriminación positiva, que no es otra cosa que la aplicación de políticas o acciones dirigidas a favorecer a ciertas minorías) para reducir la brecha de género en el liderazgo político con bastante buena nota. Sin embargo, aunque las leyes establezcan cuotas mínimas de candidatas para puestos legislativos, no han conseguido modificar las percepciones tradicionales sobre la persona que debe estar al frente de un país, según explica un artículo de The New York Times.

Las cuotas de género despejaron el camino de las mujeres en la política. Argentina aprobó la primera ley del mundo que establecía cuotas para el número de candidatas al Congreso en 1991. Aquel texto obligaba a las formaciones políticas a nombrar mujeres para, por lo menos, el 30 % de los cargos disponibles. Tras una modificación reciente, ahora dispone que la mitad de los escaños de cada partido en el Congreso deben estar ocupados por mujeres. Las mujeres ocupan más del 35 % de los asientos legislativos en Costa Rica, Ecuador, México y Nicaragua. Paradigmático es el caso de Bolivia, el segundo lugar mundial en mayor representación parlamentaria femenina, ya que las mujeres son mayoría en el Congreso de los Diputados.

El periodo en que muchas mujeres ocuparon puestos de poder coincidió con una etapa de bonanza económica. Las materias primas experimentaron un auge que impulsó la economía de la región. Gracias a la abundancia de recursos, los diferentes países pudieron ofrecer más beneficios sociales a los trabajadores, a los más pobres, los indígenas, la comunidad LGTB y las mujeres. Pero las vacas gordas no viven para siempre.

“Las economías”, relata el artículo de TNYT, “comenzaron a desacelerarse y aumentó la inquietud sobre la inseguridad. Los ciudadanos se sintieron desilusionados y los partidos de larga tradición y sus coaliciones se debilitaron. Los electores decidieron deshacerse de la mayoría de los políticos tradicionales, varones y mujeres por igual. Por desgracia, las mujeres fueron las más afectadas, lo que hizo evidente que todavía existe una doble moral en la actitud hacia los líderes dependiendo de si son hombres o mujeres”.

El diario enumera varios ejemplos de esa doble moral. Los ciudadanos pensaron que la presidencia de Chinchilla fue un fracaso, a pesar de que la economía creció entre un 4 % y un 5 % durante su mandato. A Bachelet dejaron de apoyarla cuando surgieron rumores sobre supuestas actividades ilícitas de su hijo y su nuera (mientras, Sebastián Piñera, actual presidente, no se vio afectado por el rumor de que falsificó facturas para financiar de manera ilícita una campaña). La expresidenta de Brasil, Dilma Rousseff, fue destituida por el Senado por un caso de enriquecimiento personal por prácticas contables que durante mucho tiempo se habían considerado normales en Brasil. Su sucesor, Michel Temer, designó únicamente a hombres de raza blanca para formar su nuevo gabinete.

La investigación realizada por el periodista del New York Times desvela –así lo hace ver– que en tiempos de crisis, los partidos políticos optan por menos mujeres. Las formaciones “de ambos extremos” también nominan a menos mujeres cuando la competencia es más cerrada. En América Latina, igual que ha ocurrido en otras partes del mundo, el clima de desilusión generalizado provoca la creación e irrupción en los parlamentos de nuevos partidos políticos. “Cuando los ciudadanos tienen más opciones, cada partido puede ocupar menos escaños y, al parecer, cuando hay menos escaños en juego los partidos no están dispuestos a arriesgarse nominado mujeres”.

Para no retroceder y volver a marginar a las mujeres es indispensable contar con leyes de género y paridad que no puedan desmontar los políticos. Además, se necesita un cambio en las actitudes culturales y combatir la impunidad en los casos de violencia de género para acabar con el sexismo y la hostilidad que impide a las mujeres llegar a posiciones de poder.

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