Los que entramos en los medios de comunicación digitales nos bautizamos en la red con el término de ‘viralidad’. Aprendimos en las redacciones de periódicos generalistas las reglas del SEO y crecimos pendientes de los contenidos más vistos y las tendencias del momento, con los disgustos para nuestros imberbes principios que ello conllevaba. Tú querías hablar sobre conflictos internacionales, pero la actualidad te mandaba escribir sobre las Kardashian. Así, llenamos las páginas digitales (salvo escasas excepciones) de desnudos de famosas, de vídeos del momento y de noticias falsas. Los artículos virales se plagaban de comentarios –muy amables, certeros, cabales y para nada faltones– de los lectores –no olvidemos que el acercamiento a la audiencia es otra de las bondades de esta era periodística–, hartos de estos contenidos, que, sin embargo, eran los más leídos. En las redacciones sabíamos que hacíamos contenido basura, pero era lo que nos daba de comer. Al final de cada mes tenías que presentar unos datos de audiencia para seguir viviendo y continuar ofreciendo un servicio a un público que ya se había acostumbrado a la información gratuita.

En la actualidad, la situación sigue más o menos igual, pero se empieza a ver brotes de raciocinio, avances. Internet enloqueció a nuestro sector. Hemos hecho cualquier cosa con tal de romper los registros de audiencia: titulares clickbait o ciberanzuelos, noticias sin contrastar, informaciones sensacionalistas. Un mal trago periodístico que encontraba su penitencia en los brazos de las herramientas de medición de audiencia (como Google Analytics, por ejemplo). Estábamos obsesionados por la cantidad de noticias publicadas, por el número de visitas, por ser los más rápidos, y nos olvidamos de la calidad. Lo primero era conseguir unas buenas cifras de audiencia para asegurarnos la publicidad un mes más. La prioridad era salvar nuestro pellejo y evitar el cierre de una nueva redacción. Eso lo entendíamos, por eso aceptábamos las normas del juego. Con las cosas de comer no se juega, y los recortes de plantilla, los ERE y los compañeros que se habían quedado en la calle eran fantasmas aún muy vivos.

Han sido muchos años así, hasta que las redacciones empiezan a cansarse. Los medios de comunicación comienzan a dejar de lado las páginas vistas para centrarse en métricas de calidad como la recurrencia o el tiempo de lectura. “Hay un distanciamiento de las páginas más vistas en cuanto a indicador clave del rendimiento. A menudo son vistas como métricas vanidosas”, dice Devin Smith, responsable de Desarrollo de Audiencia de The Boston Globe. Desde el verano pasado, este medio presta más atención a las historias que les hacen ganar suscriptores y a lo que leen sus nuevos socios en lugar de focalizarse en las preferencias de la audiencia en general.

Con el cambio en el algoritmo de Facebook los medios de comunicación que no inviertan en su plataforma van a perder visibilidad. Es más fácil que veamos un vídeo de gatitos al que tu vecino le ha dado ‘me gusta’ antes que esta noticia (o la de otro medio con mayor presencia). Hay que alzarse contra las exigencias de los gigantes de internet. Así lo ha hecho el mayor periódico de Brasil, Folha de Sao Paulo, cuya dirección ha optado por dejar de publicar su contenido en esta plataforma. “Los periódicos quieren estar donde está la audiencia. Si está en el duopolio Google y Facebook, allí estarán los periódicos. Pero las reglas del juego tienen que ser claras y no cambiarse cada rato, solo bajo el criterio de una de las partes. Es lo que ha ocurrido con Facebook, que prácticamente bloqueó el periodismo profesional en sus páginas”, afirma a El País el director de Folha, Sergio Dávila.

Quizá sea el momento de pararse a pensar si queremos artículos sensacionalistas o necesarios. Quizá ha llegado el momento en que los lectores tengan que pagar por ver los contenidos para que los medios sean viables económicamente, pero entonces estos deberán ser de calidad. Internet ha mejorado en muchos aspectos nuestra forma de vida y, sin duda, ha favorecido la difusión del conocimiento, también de la prensa escrita. Pero nos hemos dejado tanto llevar por los macrodatos que hemos perdido el norte.

No midamos la importancia de un medio por sus cifras sino por la calidad de sus artículos. Es la única manera de vencer en esta revolución.

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