El soberanismo ha lanzado alguna señal relativamente tranquilizadora –el primer discurso de Roger Torrent, que ha irritado sobremanera a la CUP, ha hablado de ‘coser’ los jirones de Cataluña por primera vez en mucho tiempo- pero estamos lejos de haber orientado el problema (mucho más de haberlo resuelto) y continúa la opinión pública preocupada e inquieta. Y sigue circulando por los circuitos ideológicos de este país un pesimismo que cada vez es más perceptible e inquietante.

La negatividad con que los tres ponentes constitucionales vivos –Miquel Roca, Miguel Herrero Rodríguez de Miñón y José Pedro Pérez Llorca- abordaron la hipótesis de la reforma constitucional  en la comisión del Congreso creada al efecto es una muestra del estado de ánimo de este país en la actual fase de relativa salida de la crisis (hay amplios sectores sociales que todavía no perciben esta recuperación) ante la evidencia de que hemos tocado determinados techos y no parece que dispongamos de energías bastantes para romper fronteras y diseñar un futuro pletórico a largo plazo de prosperidad, productividad y felicidad.

Casi todos, incluso los que por edad no vivieron aquellos años, miramos con reprimida nostalgia aquella Transición en la cual, pese a la controversia que pueda suscitarse sobre la calidad del método utilizado y del producto obtenido, se encauzaron las energías de una sociedad radicalmente viva que aspiraba a dar un gran salto cualitativo y que estaba dispuesta a alcanzar grandes objetivos por el procedimiento de generar consensos, es decir, de renunciar a sus aspiraciones particulares para permitir que se colmaran las necesidades generales de libertad y espíritu de convivencia.

Hoy, como se desprende de las intervenciones de los supervivientes padres de la patria, no existe posibilidad de consenso porque falta la magnanimidad de antaño. Estamos todos encastillados en nuestros particulares feudos de comodidad y estabilidad y no hay acicates suficientes para avanzar en una dirección más integradora, más comprensiva, más ambiciosa, capaz de poner en hora el reloj de la historia. No hay que ser un visionario para entender que nuestro marco de convivencia está agotado, que la Carta Magna ha perdido su capacidad de generar adhesión, que la conquista del futuro requiere una actualización profunda del statu quo, no sólo para corregir anacronismos sino para fijar nuevas metas, para perfeccionar los derechos, para organizarnos más justa y equitativamente, para aportar nuevas dosis de imaginación a un régimen que muestra desde hace tiempo sus grandes carencias, que hoy padece una desigualdad insoportable –han fallado con la crisis los mecanismos de nivelación- y cuyo modelo de  descentralización, nunca bien definido ni convenientemente estructurado, ha dado de sí todo lo que podía, con un conflicto como el catalán cronificado y sin cauces para desembocar en una solución.

Lo grave del caso –y lo que justifica el pesimismo- es el escaso ímpetu del a clase política en buscar una salida a la coyuntura. El gobierno popular de Rajoy, que descubrió que el quietismo era una buena plataforma para auspiciar la salida espontánea de la crisis al mismo tiempo que remontaba la pendiente la propia globalización, se ha encastillado en una inamovilidad patológica que, a estas alturas, intensifica el declive. Hemos llegado tarde al problema catalán, y ya todo indica que las medidas excepcionales aplicadas a última hora no han resuelto el problema, que requerirá nuevas y más dolorosas terapias que, en vía judicial, agravarán el desentendimiento intelectual y social sobre el que descansa la fractura política.

Por añadidura, la renuncia a la reforma constitucional –el PSOE ha atinado en su propuesta pero es muy improbable que encuentre los apoyos externos que necesita, y que ni siquiera los santones de su propio partido le otorgan- y la elección por el nacionalismo catalán de la vía republicana (lo que merma potencialidades aglutinantes a la Corona) impiden de momento una reconsideración general del sistema que englobe a Cataluña.

Pero la desazón va más lejos: este gobierno parece también incapaz de auspiciar un consenso realmente operativo en materia de financiación autonómica. Cuando se ha cumplido un año de la Conferencia de Presidentes en que se anunció la última reforma de la LOFCA, nada se ha conseguido todavía, mientras crece el malestar de unas comunidades que se consideran con razón injustamente maltratadas y que no logran financiar sus servicios públicos.

El camino de la excelencia que hasta hace poco se buscaba a toda costa ha dejado de mencionarse. Aquel cambio de modelo de desarrollo hacia actividades de mayor valor añadido que necesitaba un gran esfuerzo en materia de formación e inversiones potentes en I+D+i se ha descartado, mientras decaemos en la autocomplacencia con el turismo y lo que parece ser el primer atisbo de una nueva burbuja inmobiliaria. El pacto de Estado por la Educación fue un desiderátum que las fuerzas políticas han abandonado, impotentes, pese a la gran oportunidad que proporciona la actual geometría parlamentaria, muy alejada de las mayorías absolutas. La lista de fallidos y frustraciones es mucho más larga pero ya está bien de abrumar al lector por ahora.

Frente a este panorama de decadencia, las fuerzas políticas no están a la altura. El PP, anquilosado, no oculta su renuncia a cualquier debate interno, a cualquier iniciativa audaz, a cualquier movimiento para emerger de nuevo del magma agobiante de reciente corrupción que ha extendido una densa neblina sobre la formación. El PSOE no se rehace del todo de su fractura interna, con perdedores irreductibles que no han cesado de segar la hierba bajo los pies de la mayoría. Podemos es ya el mismo radicalismo huero de la más añeja Izquierda Unida, y apenas Ciudadanos asoma la cabeza con limpieza y buena voluntad, aunque con la lógica inexperiencia que limita por fuerza sus expectativas.

Alguien debería lanzar una llamada de aviso, un grito como aquel de Ortega, “¡Eh, las provincias, de pie!”, pero tampoco los intelectuales tienen voz ni audiencia. En definitiva, es a todas luces muy difícil, si no imposible, sortear ese pesimismo que no es subjetivo sino que tiene gravísimos fundamentos.

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