Por Carlos Barrio

Es un tópico bastante habitual entre ciertos ambientes progresistas afirmar que la violencia y el islam no tienen nada en común, que la religión coránica es un credo de paz y tolerancia y que la crítica al islam es una forma de intolerancia religiosa que encubre un racismo y un etnocentrismo por parte de quienes lo practican. También se afirma que crímenes en nombre de la religión se han cometido por parte de diversos credos en la historia. Ahí están las cruzadas, el monje birmano inmolado Thich Quang Duc, los levantamientos de los zelotes o la represión luterana del movimiento anabaptista en el siglo XVI. Aun aceptando que eso sea cierto (no todas las religiones han practicado el mismo nivel de violencia, siendo mucho mayor en la monoteístas, como afirma Jan Assmann), sigue llamándome poderosamente la atención la fascinación que el islam ejerce entre ciertos intelectuales progresistas como Karen Armstrong, Noam Chomsky o Hans Küng. Una de las señas de identidad de la izquierda ha sido la de la crítica de la religión como falsa conciencia de la realidad (Marx), como proyección de los anhelos humanos (Feuerbach), infantilismo de la humanidad (Comte),  pura fábula disparatada (Holbach ) o arquetipo cultural (Jung). El joven Marx situaba a la crítica de la religión como la condición necesaria de toda conciencia crítica de la realidad. El cristianismo es bastante menos intolerante y opresivo hoy en día en buena parte gracias a la labor de crítica religiosa de la ilustración francesa y la secularización de su teología por la obra de Hegel o Barth. Considerar que la crítica del islam es pura xenofobia no hace justicia a esa tradicón crítica de la izquierda y mucho menos contribuye a la secularización necesaria del islam.

A pesar de que  las últimas décadas del siglo XX han visto un recrudecimiento del terrorismo de corte islámico, con movimientos como el salafismo, el wahabismo o el surgimiento de organizaciones terroristas como Al-Qaeda o más recientemente la reinstauracion de la idea del califato universal islámico (DAESH), la visión dominante en los medios de comunicación, en las principales cancillerias diplomáticas y en los foros internacionales  es la de desvincular totalmente integrismo e islam, hasta el punto de negar la condicion de verdaderos musulmanes a los miembros de dichas organizaciones integristas, que serían meros terroristas. A mi juicio, tan pernicioso es presentar una caricatura del islam bárbaro y medieval (obviando sus muchas tendencias), como desvincular violencia y religion islámica. Cualquiera que se familiarice con las fuentes islámicas observa que en ellas se encuentran pasajes y preceptos que justifican, promueven y alaban acciones violentas contra los que se consideran infieles. Que en la vision coránica son todos aquellos que no reconocen la unicidad de Allah, ni el carácter de mensajero de su  profeta Mahoma. El egiptólogo y experto en religiones monoteistas, Jan Assman, vincula en su obra La distinción mosaica  monoteismo con  violencia religiosa. Según él todas las llamadas religiones del libro (Judaísmo, Cristianismo e Islam) se articulan como creencias que predican la intolerancia religiosa contra todos aquellos que no asumen el contenido de su fe, hasta el punto de justificar la violencia contra los no creyentes. Antonio Elorza, en su libro Los dos mensajes del Islam, vincula ese monoteísmo de raíz intransigente del islam con la secta samariatana, desde la que Mahoma habría recibido la tradicion hebraica del Deuteronomio.

La principal diferencia que observa, con respecto a la violencia religiosa de raiz hebraica, radicaría en que en el islam la violencia, además de ser una reaccion contra el infiel, se convierte en herramienta de proselitismo religioso. Segun el Corán (61,9) el islam es la única religion verdadera, siendo la principal obligación del creyente el difundir esa buena nueva,incluso con el martirio violento. Junto a la persuasion, la Yihad  es  en muchas de las visiones del islam   una enseñanza sobre la guerra justa y además una obligacion para el creyente. No dar testimonio de la fe, incluso a través de la Yihad, para extender la Umma (comunidad de creyentes) es inconcebible para muchas mentalidades islámicas. El islam es por lo tanto una religion que mezcla fe y política en una visión totalizadora de la existencia. Esto es así desde sus propios orígenes, cuando logró expandirse con gran violencia, primero por toda la península Arábiga y luego por África, partes del sur de Europa y Asia. No concibió otra manera de expandirse que no fuera desde el reconocimiento de su absoluta supremacía. Tan solo con ciertas religiones (judía, cristiana, zoroástrica) reconoció una tolerancia limitada (permitir su no conversión a cambio del pago de una contribucion).

Las razones de ese carácter tan intolerante de ese islam primitivo (que hoy reivindican los seguidores de los Hermanos Musulmanes, los salafistas o los partidarios del llamado Estado Islámico) deben encontrarse en una vision literalista de las propias escrituras sagradas. A diferencia de otras religiones, donde la lectura alegórica de los textos sagrados se ha acabado imponiendo,  en las principales ramas islámicas, ya sea la suní o la chií, ha prevalecido una visión demasiado aferrada a la literalidad del texto, lo que se ve agravado por el hecho de que en el islam, todo el cuerpo de los textos, incluso la propia materialidad de la que estan constituidos, es palabra de Allah.

Tampoco ayuda el hecho de que para la ortodoxia mayoritaria todo lo contenido en los textos sagrados sea considerado mensaje de Allah (incluso aspectos puramente contingentes propios de la cultura arábiga de los siglos IV y V DC). Las visiones del islam como la mutazila o el sufismo, que propugnaban una lectura no literal, mas racional (mutazila) o mística (sufismo) de los textos no lograron imponerse mayoritariamente. A diferencia del cristianismo, donde la labor de la escolástica y el occamismo llevó a una progresiva racionalización del dogma y hacia el camino de la separación entre fe y ciencia, en el islam, las tendencias equivalentes (la Falsafa) fueron siempre vistas con enorme desconfianza tanto en la época Omeya, como en su posterior floreciemiento en Al Ándalus, donde los movimientos integristas (Almohades y Almorávides) acabaron por socabar sus cimientos.

Que las tendencias mayoritarias en el Islam sean fundamentalmente rigoristas y arcaizantes no implica que el islam, incluso el mayoritariamente vigente en paises como Arabia Saudí, sea mayoritariamente favorable al integrismo violento, pero sí justifica la pretension del llamado islamismo radical, que busca imponer su visión religiosa por encima de los propios valores occidentales, los cuales se consideran enfermos y contrarios a la religion islámica.

Frente a esta realidad, caben dos opciones. Una, asumir el discurso mayoritario, propio del multiculturalismo acrítico, que afirma que no hay un problema con el islam en occidente y que todo intento de cuestionar dicha vision alimenta la islamofobia y el llamado choque de civilizaciones. La otra es plantear una vision respetuosa con los musulmanes pero a la vez un decidido apoyo en favor de  los corrientes (minoritarias desafortunadamente) que postulan una mayor secularizacion del islam y  una lectura menos rigorista de sus textos, en la línea de compatibilizarlo con los derechos humanos y la democracia. Dichas tendencias han surgido en varios momentos de la historia del Islam, en algunos casos con cierto éxito, como fue el llamado Kemalismo, o en los intentos infructuosos de Muhammad Iqbal (1877-1938) y Muhammad Ali Jinnah (1876-1948) por crear un Paquistán no integrista o más recientemente ciertas corrientes que apoyaron las denominadas primaveras árabes, que al final acabaron siendo controladas mayoritariamente por sectores integristas.

Por otra parte, la politica multiculturalista ha fracasado, claramente, en paises como Francia, donde la V república no ha logrado que segundas y terceras generaciones de inmigrantes magrebíes se integren plenamente en el ideal republicano; o en el Reino Unido, donde el multiculturalismo no es un freno a la creciente islamizacion radical de importantes sectores de la poblacion musulmana.

Europa debe replantearse la relacion con aquellos paises, como Arabia Saudí, que exportan y financiacian visiones intransigentes del islam, así como modificar protocolos y leyes que garanticen que la confesion religiosa no puede constituir un estatuto personal infranqueable para la democracia y los derechos humanos. De no hacerlo caemos en el riesgo de que los populismos xenófobos de extrema derecha acaparen la indignación popular y el miedo al integrismo.

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