Esta semana se desarrollará el proceso de investidura de Pedro Sánchez, una empresa extraordinariamente difícil toda vez que, tras las elecciones del 20 de diciembre, sólo una combinación de tres de las cuatro fuerzas mayoritarias puede proporcionar gobernabilidad y estabilidad, y, de momento, el único pacto conseguido es de dos formaciones, la segunda y la cuarta por orden de representatividad, que suman 130 escaños (131 si se añade el diputado de Coalición Canaria), muy lejos de la mayoría absoluta y aun de la mayoría relativa si las otras dos formaciones votan en contra a la vez.

Dada la correlación de fuerzas surgida del 20D, bastaría con que una de las dos organizaciones que no participan del pacto se abstuviera para que la investidura prosperase. Y puesto que los partidos que se han aliado son los dos del centro –Ciudadanos representa al centro derecha y el PSOE al centro izquierda-, la dificultad (o facilidad) de conseguir adhesiones es simétrica.

Semejante distribución, endiablada, engendra una complicidad objetiva que resulta perturbadora para el espectador y muy molesta para sus protagonistas: la que existe entre el Partido Popular y Podemos. Sólo si estas dos fuerzas, que están en las antípodas la una de la otra, se alían en la repulsa a la propuesta que formulará Pedro Sánchez en nombre del tándem PSOE-C’s, el candidato no formará gobierno. Esta “pinza” es idéntica a la que protagonizaron José María Aznar (Partido Popular) y Julio Anguita (Izquierda Unida) contra Felipe González, que se plasmó en un cruce de cartas y que finalmente no prosperó. Precisamente la periodista Marisa Gallero ha hecho luz recientemente sobre aquellos acontecimientos: http://www.abc.es/espana/20150118/abci-aznar-anguita-1995-nada-201501172056.html

(Sí prosperó en cambio la pinza en Andalucía, donde la frecuente connivencia entre el PP de Aznar y la IU de Anguita tras las elecciones autonómicas de junio de 1994 obligó a Chaves a convocar nuevas elecciones, que se celebraron en marzo de 1996 y en que los electores ya se cuidaron de desmontar la pinza, castigando al PP y a IU y reforzando al PSOE.

En definitiva, la decisión del Partido Popular de votar en contra de la propuesta presentada por PSOE-C’s, que es racional en términos objetivos (buena parte del programa de los aliados consiste en cancelar las reformas emprendidas por el PP en la legislatura anterior) no lo es tanto si se ubica en el contexto puesto que deja abierta la posibilidad de que el futuro gobierno quede en manos de Podemos si esta organización decide in extremis apoyar a Sánchez.

Y, sensu contrario, la negativa de Podemos a sostener a Sánchez impide que un nuevo gobierno reformista –la experiencia griega acredita que no se puede ser mucho más reformista en el seno de la Eurozona- derogue las reformas más antisociales llevadas a cabo por el PP y por lo tanto todavía en vigor, con lño que se abre la puerta a que el PP siga gobernando al menos hasta junio, y a que mantenga el poder si mejora sus resultados en las próximas generales…

En estas dos evidencias se resume la opción que le queda a Sánchez: confrontar a Pablo Iglesias con la responsabilidad que contraerá si no le vota. Y asimismo Albert Rivera, cuya fuerza está contigua al PP, deberá presionar a Rajoy en una dirección análoga: su negativa abre paso a una fórmula de gobierno modulada por la izquierda radical, algo que está en su mano evitar. Si se piensa que el PP necesita una gran catarsis, previa a una profunda regeneración, por la insoportable corrupción que ha anidado en su seno, que según algunos debería incluir un cambio de liderazgo, se llegará a la conclusión de que hay argumentos válidos en que apoyar la presión sobre el todavía presidente del gobierno en funciones.

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