Sí, es verdad, todos nos estamos pasando con Podemos. Un compromiso con la democracia exige que las fuerzas políticas, las instituciones y la prensa cuenten con Podemos, la opción emergente que acaba de llegar al Congreso de los Diputados, es decir a la política de primera, con ansias de cambio, a la vez que lo ha hecho Ciudadanos, la otra opción de lo que se ha dado en llamar la nueva política o la segunda Transición.

De hecho, ya están en sus escaños y acudiendo a las consultas del Monarca. Por tanto, empeñarse en descalificarles y negarles cualquier opción de acuerdo o negociación resulta inútil y ello, por la sencilla razón, de que son la tercera fuerza y, al mismo tiempo, gobiernan en municipios y autonomías muy importantes.

Evidentemente, se les puede criticar y pedir explicaciones sobre lo que hacen, proponen y, también sobre su pasado y su financiación no aclarada. Faltaba más, pero de la misma manera que debemos pedir a Pablo Iglesias y quienes le siguen, parece que no con demasiada disciplina, que se incorporen al sistema y que participen con ánimo constructivo, también el resto de partidos debe evitar criminalizar a Podemos y a sus líderes como si fueran apestados indignos de aportar soluciones a la vida nacional. Precisamente, la gran aportación de esta emergente formación es integrarse en el sistema, estar ya en las instituciones y pasar de las aceras de la Puerta del Sol al hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo, dos ubicaciones muy cercanas pero separadas por un camino que cuesta mucho recorrer, lo que sin duda tiene algún mérito.

Por mucho que las demandas o exigencia de los líderes que siguen a Iglesias sean inaceptables en muchos casos, las acusaciones que se despachan sin reparos contra ellos empiezan a resultar excesivas. Casi todas las voces oficiales, reconocidas y acreditadas, que vierten los líderes en ejercicio o los políticos retirados, o los análisis de periodistas y líderes de opinión de todo pelaje, todos ellos casi sin excepción, participan de este aquelarre colectivo que señala de forma prácticamente unánime e implacable al enemigo público número uno como si se comieran a los niños crudos y la verdad es que, de momento, solo llevaron a un bebe al Congreso, el día de su constitución, haciendo un alarde más bien zafio de marketing político, en este caso mal entendido. Pero –seamos serios– no se han comido a ningún niño crudo.

Como cualquier actitud o mensaje que llega a la opinión pública, lo que hace Podemos se puede y se debe criticar, pero sin descalificarles de raíz. Por ejemplo, atribuirse la vicepresidencia del Gobierno y los ministerios clave al salir de la cita con el Rey fue un exceso, seguramente calculado para provocar un ciclón en plena negociación de pactos, pero no podemos pretender que acudan como modositos aprendices, dispuestos a recibir lecciones, precisamente de sus adversarios, a los que –como es lógico– desean desbancar, como además es su obligación.

Es muy posible, prácticamente un hecho, aún no explicado, que Podemos se haya financiado de forma ilícita desde el exterior, por países que no son precisamente un modelo de democracia, como es el caso de la Venezuela de Maduro o el régimen iraní de los ayatolás. Pero también es muy posible, prácticamente un hecho, que no será el primer partido de nuestro país que se ha financiado con fondos del exterior, de una manera más o menos oscura, y tampoco suficientemente aclarada. O es que nos vamos a olvidar de la respuesta de Felipe Gonzáles cuando afirmó en el Congreso con su famosa frase: “ni de Flick ni de Flock”, al ser preguntado si el PSOE se financiaba desde Alemania.

Si reconocemos que algo ha cambiado en España desde el 20 de diciembre –y no hacerlo sería estar ciegos– debemos aceptar que los nuevos partidos hagan política, que sean radicales o revolucionarios, por mucho que nos moleste, aunque nos incomode. Precisamente, aquí está la clave por la que han sido llamados por los ciudadanos, generar una catarsis profunda en la sociedad. Empeñarse ahora en aislarlos y negar cualquier posibilidad de que participen es un imperdonable error de graves y negativas consecuencias.

Además, esto ya ha ocurrido antes y es muy previsible que su fuerza y su empuje se irá matizando en la medida que se involucren en el aparato del Estado, de forma que sus aristas más punzantes den paso a horizontes permeables y, al menos en parte, constructivos.

De igual manera, tenemos que pedir a Podemos y al resto de fuerzas que no criminalicen al PP y a sus líderes, cuyo presidente y su Gobierno habrá cometido errores, pero habrá que reconocer que han cambiado de manera decisiva una tendencia que nos llevaba a la quiebra y al desastre cuando hace solo 4 años se hicieron cargo de una situación enormemente difícil de reconducir. Lo han hecho y a pesar de todos los matices, habrá que reconocerlo. Al mismo tiempo, la proliferación de casos de corrupción atenaza al PP, igual que en otro tiempo, y aun hoy, ha ocurrido y ocurre con el PSOE. Pero sin que haya que mirar hacia otro lado, debemos centrarnos en que los partidos, todos ellos sin excluir a ninguno, participen de un consenso que vuelve a ser más necesario que nunca.

Tenemos que ser conscientes de que nos jugamos mucho ya que estamos ante una oportunidad histórica de realizar con éxito una segunda Transición, donde se hable de todo, incluida la reforma de la Constitución y nos pongamos de acuerdo en lo fundamental. Pero si empezamos criminalizando a unos, marginando a otros y sin más voluntad que ocupar sillones para machacar a los adversarios, mejor que gobierne la troika y que Dios nos pille confesados. Si Adolfo Suárez estuviera entre nosotros, seguro que llamaba a la Moncloa a todos los respresentantes de las fuerzas políticas, incluida Podemos. Solo así saldremos de este callejón que parece no tener salida. Solo hace falta querer servir a nuestro país, así de sencillo.

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